Me costó trabajo seleccionar el tema para el artículo de este mes, dado que casi todos mis amigos comentaristas habían escogido temas parecidos que giraban alrededor de la inmutable terquedad de nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, quien considera que solamente su opinión cuenta y que siempre tiene la razón. Sin embargo, cuando empecé a escribir sobre Venezuela, otro tema de mi interés, mi mente regresaba a las últimas decisiones de AMLO y los costos que se están dejando sentir en la economía y los bolsillos de las familias mexicanas.
Alguien dijo en alguna ocasión que “no miente tan sólo el que habla en contra de lo que sabe, sino también miente el que habla en contra de lo que no sabe.” Es terrible ver a una persona tomar decisiones sobre el bienestar de otros pensando que sabe lo que no sabe, puesto que el costo de sus malas decisiones lo pagan los incautos que le otorgaron el poder de decisión sobre sus destinos.
Para el señor presidente no importa el sentido común, lo relevante son las buenas intenciones. En efecto, nada es complicado para el que no entiende, como nada es imposible para el que no sabe, pero cree que si sabe. El comportamiento del presidente corresponde al de un hombre soberbio convencido de su superioridad ética y moral, eliminando de facto toda posibilidad de diálogo. De entrada, sus adversarios y aquellos que emiten opiniones contrarias a la suya están descalificados por no admitir que la palabra de otros este a su altura. Por ello AMLO se ha rodeado de aduladores que prefieren guardar silencio ante sus caprichos y errores, que marcarle el alto y ofrecerle opciones correctas. Cualquier experto que discrepe de AMLO, en ese momento se vuelve pirrurris, o sea un desvergonzado que no merece atención alguna.
En estos cinco meses de administración, la administración de AMLO ha cometido un sin número de errores, pero probablemente dos marcarán su gobierno en la historia: el primero fue la terminación NAIM (nuevo aeropuerto internacional de México) en favor de la construcción del de Santa Lucía, y el segundo la construcción de la refinería de Dos Bocas.
Tal y como en su momento el tema de la Casa Blanca fue la que manchó la honestidad y credibilidad de Enrique Peña Nieto, la cancelación del NAIM en favor de Santa Lucía manchará de ineptitud y soberbia la figura histórica de Andrés Manuel López Obrador.
El presupuesto original de Santa Lucía se estimaba en 67,000 millones de pesos, pero de acuerdo al Colegio de Ingenieros va costar más de cuatro veces ese monto, alrededor de 217,000 millones de pesos y tomando en cuenta el costo de cierre del NAIM y otras obras que no se consideraron, saldrá 156,000 millones de pesos más caro que lo que hubiera costado terminar el NAIM, aeropuerto de menores costos de operación y de mayor capacidad, que el proyecto aeroportuario de AMLO, el que curiosamente todavía no se termina de estudiar. Esa decisión autoritaria mandó una pésima señal a los empresarios e inversionistas, los cuales han mantenido una actitud de desconfianza a la administración de AMLO.
El proyecto de la refinería de Dos Bocas se propuso por invitación directa a cuatro firmas expertas en la construcción de refinerías, quienes después de estudiar el proyecto concluyeron que costaría más de los 8,000 millones de dólares y tardaría más de los tres años que habían fijado como límites la administración de AMLO. Ante lo cual, nuestro presidente anunció que Pemex la haría (en el lugar que él escogió personalmente) bajo la dirección de la Secretaría de Energía manteniéndose dentro del presupuesto y terminándola a tiempo. Esta decisión de sustituir a las compañías internacionalmente más capacitadas para construir refinerías por un grupo de burócratas del gobierno y de una paraestatal va en contra de la experiencia histórica y del sentido común.
A ver, examinemos cuatro razones por las que la decisión de construir la refinería de Dos Bocas es una mala decisión, un elefante blanco y una criminal necedad.
Primero, la tendencia internacional es que desaparezcan los vehículos de combustión interna en favor de los eléctricos. Segundo, no se están construyendo nuevas refinerías en el mundo, la última que se construyó fue en Turquía y costó más de 10,000 millones de dólares, tardándose más de siete años en construirla. Tercero, si las compañías expertas concluyeron que la refinería costaría más y tardaría más en terminarse, es sencillamente imposible que Pemex y la SENER sean más eficientes que dichas compañías terminando en costo y en tiempo. Todos los estudios de organismos internacionales e institutos económicos indican que el sector público nunca ha sido más eficiente que el sector privado; que los proyectos bajo el control, dirección y ejecución del sector público tienen resultados peores que los del sector privado; que el dinero en manos del gobierno es infinitamente menos productivo que en manos del sector privado; que los proyectos manejados por el gobierno promueven ineficiencia y corrupción, etcétera. Estas lecciones que todos los economistas e ingenieros aprendemos en la Universidad, las desconoce nuestro presidente sabelotodo. Cuarto, existe exceso de capacidad en la industria mundial de producción de refinados, por lo que sus precios tienden a la baja. Los precios de los refinados producidos en Dos Bocas serán superiores a los precios internacionales por la necesidad de amortizar el capital invertido en la refinería mexicana, mientras que las inversiones en las refinerías existentes alrededor del mundo ya fueron amortizadas.
Viendo estos dos claros ejemplos de ineptitud y soberbia la pregunta clave ahora es ¿qué se nos viene después de todo esto? En economía no se pueden tomar malas decisiones muchas veces todas las veces, el costo no tarda en dejarse sentir y es creciente. En estos cinco meses de administración ya hemos visto un anticipo de lo que se nos viene encima: decaimiento del crecimiento económico y estancamiento de la economía. El peligro que este comentarista ve es que nuestro presidente trate de forzar el crecimiento económico con financiamiento deficitario, lo que desataría la inflación en el país comiéndose los ingresos, en especial, de los que menos tienen, precisamente los que mayormente votaron por él.
Esta administración pasará a la historia como la de las buenas intenciones y la de los pésimos resultados.
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lunes, mayo 13, 2019
jueves, agosto 30, 2018
¿Es el Acuerdo Bilateral Estados Unidos–México bueno o malo?
Al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no le gusta el término Tratado de Libre Comercio de América del Norte, considera más elegante llamarlo Acuerdo de Comercio Estados Unidos-México, por supuesto con el nombre de Estados Unidos por delante. También ese término conlleva la amenaza a Canadá de que o se une y acepta los arreglos alcanzados entre México y Estados Unidos o se queda fuera del juego. Ese es claramente el dilema de Donald Trump: EE.UU. con México, o estos dos con un Canadá más dócil.
Algunos observadores han calificado el acuerdo binacional como una traición de México a Canadá, pero eso no es el caso. Canadá hizo clara su postura diciendo años atrás que México era un país amigo, pero los intereses canadienses eran primero por lo que si era necesario alcanzar un acuerdo con Estados Unidos sin México así lo haría.
Seguramente Estados Unidos y Canadá van a lograr un entendimiento, si no en tres días (para el viernes 31 de agosto), como actualmente se contempla, será en las próximas semanas. Canadá es el primer mercado para las exportaciones estadounidenses y México el segundo. Catorce millones de empleos en Estados Unidos dependen de las exportaciones a Canadá y México; es obvio que no solamente los canadienses van a buscar un entendimiento con los americanos, sino que los estadounidenses a su vez van a tener que ceder un poco para alcanzar el acuerdo. El gobierno canadiense y los legisladores estadounidenses entienden que es preferible un “mal acuerdo” a un “no acuerdo.” Lo que cree Donald Trump sobre el TLCAN 2.0, probablemente ni él lo sabe hasta que no lance su próximo tweet.
La pregunta que surge es si el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y México es bueno o malo. Para empezar, no cabe duda de que el acuerdo podría haber sido mejor, pero sin conocer los detalles de éste sería aventurado descalificarlo… y aun cuando se conocieran los detalles, la única manera de saber si es un buen acuerdo comercial va a ser a través de sus resultados en la balanza comercial durante los próximos seis años.
Tal y como el tratado original de 1994 fue al principio negativo para México, sobre todo en el sector agrícola tradicional, después de algunos años de ajustes México aprovechó las oportunidades del TLCAN, reacomodando sus prioridades productivas en el campo a las actividades agropecuarias con clara ventaja comparativa tales como las hortalizas. La diferencia salarial entre los trabajadores americanos y mexicanos fue un incentivo para trasladar las cadenas productivas de varias industrias que venían sufriendo altos costos y pérdida de competitividad del oeste medio de Estados Unidos a México, ayudando no solamente en la creación de empleos en México, sino haciendo más competitivas a una gran cantidad de compañías americanas, tales como la automotriz, electrodomésticos y electrónicos, permitiéndoles competir en mejores condiciones contra sus rivales europeos y asiáticos.
Los tres socios se volvieron más competitivos frente al resto del mundo. En el período de 1993 al 2017, México logró exportar siete veces más que lo que exportaba un año antes del tratado, mientras que EE.UU. logró en el mismo periodo incrementar sus exportaciones 3.1 veces y Canadá, 2.7 veces.
La mayoría de los economistas concuerdan que gracias al TLCAN hubo un aumento en la tasa de crecimiento de Estados Unidos por lo menos de medio punto porcentual al año, en México entre el 1 al 1.5% y en Canadá entre 0.5 al 1%.
Cabe mencionar la dicotomía entre China y México. Varios de los empleos generados en China fueron creados por empresas de ese país que llevaron a la bancarrota a las empresas americanas con las que competían, perdiéndose fuentes de trabajo en EE.UU. Mientras que muchos empleos generados en México fueron gracias a las compañías americanas que se trasladaron al país cerrando las fuentes de empleo en Estados Unidos. Estas empresas, gracias al ahorro en sus costos de producción, pudieron sobrevivir y enfrentar la competencia China y europea, reinvirtiendo sus ganancias en Estados Unidos y México, en una proporción de 92% en EE.UU. y 8% en México, creando más empleos en Estados Unidos con las nuevas inversiones que los empleos que se perdieron por el traslado inicial a México.
Algo parecido va a suceder con el nuevo pacto comercial. Las concesiones que tuvo que hacer México para alcanzar el acuerdo, tales como las reglas de origen y el aumento salarial van a costar empleos al país y seguramente la inversión extranjera será menor que la que hubiera podido ser. Los trabajadores mexicanos en el sector automotriz ganan en promedio 5.21 dólares por hora, mientras que los trabajadores americanos perciben alrededor de 21.70 dólares por los mismos 60 minutos. El acuerdo indica que los trabajadores mexicanos deberán ganar tres veces más de lo que están ganando actualmente, por lo menos 16 dólares la hora, lo cual disminuirá el incentivo para las compañías que buscan trasladarse a México para aprovechar los menores costos laborales. Los precios de los automóviles aumentarán y la industria será menos competitiva contra sus rivales europeos y asiáticos. Cualquier economista recomendaría que el aumento salarial debería ser progresivo y ligado al incremento de la productividad laboral. Aumentar los salarios por decisión gubernamental, lleva a la disminución del ritmo de creación de empleos y al aumento en la selección y diseño de tecnologías más intensivas en capital, con alto conocimiento incorporado, a costa de las tecnologías de mayor intensidad laboral. Esto ha sido una tendencia que se ha venido observando en las últimas tres décadas en los países desarrollados, tendencia que se va a acelerar en nuestro país con este nuevo acuerdo.
A pesar de algunos efectos negativos, no tengo duda que en promedio vamos a ganar con el nuevo acuerdo comercial. Al eliminar la incertidumbre de si iba a haber o no acuerdo comercial, los inversionistas se sentirán más seguros de mantener su presencia en México y dar marcha adelante en sus planes de inversión. Seguramente habrá un reacomodo en la estructura de nuestras exportaciones de productos y servicios de la industria automotriz a otros productos industriales, como enseres domésticos, electrónicos y de computación, así como productos agropecuarios, como las frutas y hortalizas. Un gran logro del acuerdo bilateral fue el haber mantenido el comercio agrícola con cero tarifas, eliminando la solicitud americana de proteger a sus productores por las variaciones estacionales.
México tenía dos opciones 1) enfrentársele a Estados Unidos, o 2) negociar concediendo. Ante un Donald Trump que ignora la historia económica y lo que dice la ciencia económica de que el comercio libre crea más riqueza y más empleos, mientras que el proteccionismo es la manera más expedita para aumentar precios y generar carencias, México prefirió dar un paso atrás para lograr dos pasos hacia adelante. La postura jurásica de Trump es sencilla, Estados Unidos debe ganar más que los otros. La postura mexicana de negociar concediendo un poco fue la mejor opción dada la asimetría de fuerzas entre nuestros países.
Claro, no todo está terminado ni escrito en piedra, falta la aprobación del Congreso Americano que en principio tiene una visión diferente a la de Donald Trump. Varios legisladores estadounidenses han expresado que la Casa Blanca no tiene autoridad para reemplazar el TLCAN por un acuerdo comercial binacional. De tal manera, aun cuando veo difícil que Estados Unidos y Canadá logren un acuerdo en tres días, no dudo que el acuerdo se logrará y será trilateral.
Donald Trump debería de aprender lo que un compatriota suyo, Benjamín Franklin, dijo hace casi tres siglos atrás “nunca una nación se ha arruinado comerciando.”
Algunos observadores han calificado el acuerdo binacional como una traición de México a Canadá, pero eso no es el caso. Canadá hizo clara su postura diciendo años atrás que México era un país amigo, pero los intereses canadienses eran primero por lo que si era necesario alcanzar un acuerdo con Estados Unidos sin México así lo haría.
Seguramente Estados Unidos y Canadá van a lograr un entendimiento, si no en tres días (para el viernes 31 de agosto), como actualmente se contempla, será en las próximas semanas. Canadá es el primer mercado para las exportaciones estadounidenses y México el segundo. Catorce millones de empleos en Estados Unidos dependen de las exportaciones a Canadá y México; es obvio que no solamente los canadienses van a buscar un entendimiento con los americanos, sino que los estadounidenses a su vez van a tener que ceder un poco para alcanzar el acuerdo. El gobierno canadiense y los legisladores estadounidenses entienden que es preferible un “mal acuerdo” a un “no acuerdo.” Lo que cree Donald Trump sobre el TLCAN 2.0, probablemente ni él lo sabe hasta que no lance su próximo tweet.
La pregunta que surge es si el acuerdo alcanzado entre Estados Unidos y México es bueno o malo. Para empezar, no cabe duda de que el acuerdo podría haber sido mejor, pero sin conocer los detalles de éste sería aventurado descalificarlo… y aun cuando se conocieran los detalles, la única manera de saber si es un buen acuerdo comercial va a ser a través de sus resultados en la balanza comercial durante los próximos seis años.
Tal y como el tratado original de 1994 fue al principio negativo para México, sobre todo en el sector agrícola tradicional, después de algunos años de ajustes México aprovechó las oportunidades del TLCAN, reacomodando sus prioridades productivas en el campo a las actividades agropecuarias con clara ventaja comparativa tales como las hortalizas. La diferencia salarial entre los trabajadores americanos y mexicanos fue un incentivo para trasladar las cadenas productivas de varias industrias que venían sufriendo altos costos y pérdida de competitividad del oeste medio de Estados Unidos a México, ayudando no solamente en la creación de empleos en México, sino haciendo más competitivas a una gran cantidad de compañías americanas, tales como la automotriz, electrodomésticos y electrónicos, permitiéndoles competir en mejores condiciones contra sus rivales europeos y asiáticos.
Los tres socios se volvieron más competitivos frente al resto del mundo. En el período de 1993 al 2017, México logró exportar siete veces más que lo que exportaba un año antes del tratado, mientras que EE.UU. logró en el mismo periodo incrementar sus exportaciones 3.1 veces y Canadá, 2.7 veces.
La mayoría de los economistas concuerdan que gracias al TLCAN hubo un aumento en la tasa de crecimiento de Estados Unidos por lo menos de medio punto porcentual al año, en México entre el 1 al 1.5% y en Canadá entre 0.5 al 1%.
Cabe mencionar la dicotomía entre China y México. Varios de los empleos generados en China fueron creados por empresas de ese país que llevaron a la bancarrota a las empresas americanas con las que competían, perdiéndose fuentes de trabajo en EE.UU. Mientras que muchos empleos generados en México fueron gracias a las compañías americanas que se trasladaron al país cerrando las fuentes de empleo en Estados Unidos. Estas empresas, gracias al ahorro en sus costos de producción, pudieron sobrevivir y enfrentar la competencia China y europea, reinvirtiendo sus ganancias en Estados Unidos y México, en una proporción de 92% en EE.UU. y 8% en México, creando más empleos en Estados Unidos con las nuevas inversiones que los empleos que se perdieron por el traslado inicial a México.
Algo parecido va a suceder con el nuevo pacto comercial. Las concesiones que tuvo que hacer México para alcanzar el acuerdo, tales como las reglas de origen y el aumento salarial van a costar empleos al país y seguramente la inversión extranjera será menor que la que hubiera podido ser. Los trabajadores mexicanos en el sector automotriz ganan en promedio 5.21 dólares por hora, mientras que los trabajadores americanos perciben alrededor de 21.70 dólares por los mismos 60 minutos. El acuerdo indica que los trabajadores mexicanos deberán ganar tres veces más de lo que están ganando actualmente, por lo menos 16 dólares la hora, lo cual disminuirá el incentivo para las compañías que buscan trasladarse a México para aprovechar los menores costos laborales. Los precios de los automóviles aumentarán y la industria será menos competitiva contra sus rivales europeos y asiáticos. Cualquier economista recomendaría que el aumento salarial debería ser progresivo y ligado al incremento de la productividad laboral. Aumentar los salarios por decisión gubernamental, lleva a la disminución del ritmo de creación de empleos y al aumento en la selección y diseño de tecnologías más intensivas en capital, con alto conocimiento incorporado, a costa de las tecnologías de mayor intensidad laboral. Esto ha sido una tendencia que se ha venido observando en las últimas tres décadas en los países desarrollados, tendencia que se va a acelerar en nuestro país con este nuevo acuerdo.
A pesar de algunos efectos negativos, no tengo duda que en promedio vamos a ganar con el nuevo acuerdo comercial. Al eliminar la incertidumbre de si iba a haber o no acuerdo comercial, los inversionistas se sentirán más seguros de mantener su presencia en México y dar marcha adelante en sus planes de inversión. Seguramente habrá un reacomodo en la estructura de nuestras exportaciones de productos y servicios de la industria automotriz a otros productos industriales, como enseres domésticos, electrónicos y de computación, así como productos agropecuarios, como las frutas y hortalizas. Un gran logro del acuerdo bilateral fue el haber mantenido el comercio agrícola con cero tarifas, eliminando la solicitud americana de proteger a sus productores por las variaciones estacionales.
México tenía dos opciones 1) enfrentársele a Estados Unidos, o 2) negociar concediendo. Ante un Donald Trump que ignora la historia económica y lo que dice la ciencia económica de que el comercio libre crea más riqueza y más empleos, mientras que el proteccionismo es la manera más expedita para aumentar precios y generar carencias, México prefirió dar un paso atrás para lograr dos pasos hacia adelante. La postura jurásica de Trump es sencilla, Estados Unidos debe ganar más que los otros. La postura mexicana de negociar concediendo un poco fue la mejor opción dada la asimetría de fuerzas entre nuestros países.
Claro, no todo está terminado ni escrito en piedra, falta la aprobación del Congreso Americano que en principio tiene una visión diferente a la de Donald Trump. Varios legisladores estadounidenses han expresado que la Casa Blanca no tiene autoridad para reemplazar el TLCAN por un acuerdo comercial binacional. De tal manera, aun cuando veo difícil que Estados Unidos y Canadá logren un acuerdo en tres días, no dudo que el acuerdo se logrará y será trilateral.
Donald Trump debería de aprender lo que un compatriota suyo, Benjamín Franklin, dijo hace casi tres siglos atrás “nunca una nación se ha arruinado comerciando.”
viernes, octubre 27, 2017
El ABC del TLCAN
Siempre que hay temas de interés nacional brotan los expertos al vapor, se multiplican las opiniones, se expresan diagnósticos y recomendaciones que en lugar de aclarar, terminan por confundir más. Es por ello que en este breve ensayo haré un breve Análisis de Beneficio Costo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), desde su entrada en vigor hace 24 años, hasta la cuarta renegociación que terminó sin acuerdo, pero con la promesa de una quinta reunión en noviembre de 2017.
La renegociación del tratado en 2017 se llevó a cabo a instancias del presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien considera que éste ha sido altamente negativo para su país. Esta apreciación da lugar a nuestra primera interrogante, ¿tiene razón Trump acerca de que el TLC ha perjudicado más que beneficiado a EE.UU.?
Veamos, cualquier acuerdo comercial crea cambios estructurales que generan ganadores y perdedores, por lo que es necesario justificarlo y legitimarlo ante los ciudadanos del país. La apertura comercial con uno o varios países solamente se puede justificar siempre y cuando sus beneficios sean superiores a los costos, puesto que va a haber grupos, actividades, sectores y regiones que se beneficiarán, mientras que otros van a perder. Por lo tanto, la segunda pregunta es: ¿habrá beneficios suficientes para compensar los costos, dejando a todos en una mejor situación que antes del acuerdo?
Los tres socios del TLC tienen diferentes objetivos, condiciones y desafíos, por lo que las negociaciones han sido y seguirán siendo difíciles. Por un lado, el principal objetivo de Estados Unidos es eliminar la asimetría comercial con México y Canadá, con los que generalmente tienen déficits en la balanza comercial. Por el otro lado, los objetivos de Canadá y México son parecidos, lograr mayor competitividad en sus exportaciones con el resto del mundo.
Las economías de Canadá y Estados Unidos, por sus mayores niveles de desarrollo, son más parecidas y compiten más entre sí, mientras que la economía de EE.UU. y la de México son más complementarias, sugiriendo negociaciones más difíciles de Estados Unidos con Canadá, que con México. Pero por supuesto, esto no toma en cuenta la antipatía que Trump siente por México, ni que –independientemente de lo que acuerde su equipo– puede expresar una opinión diametralmente opuesta a sus negociadores en cualquiera de sus controvertidos tweets.
Estas diferencias de objetivos, condiciones e incertidumbres nos llevan a plantear la tercera pregunta: ¿qué es lo que va pasar si se llega a terminar el TLC?
Antes de tratar de responder a las tres cuestiones anteriores, vale la pena hablar un poco sobre los antecedentes del TLC.
Antecedentes
El TLC se negoció en 1992 y 1993 entre los presidentes Carlos Salinas de Gortari, George Bush, y Brian Mulroney, entrando en vigor a principios de 1994, fue la joya de la administración de Carlos Salinas. Su objetivo era establecer una zona de libre comercio donde hubiera libre circulación de los bienes y servicios de las tres naciones, eliminando los permisos, cuotas y licencias, así como las tarifas y aranceles. El acuerdo creó la zona de libre comercio más grande del mundo, reuniendo a 450 millones de personas y economías que generaban el 28% del Producto Interno Bruto mundial, por encima del 22% de la Unión Europea y el 15% de China.
Los efectos del TLCAN fueron muy diferentes a los que se vaticinaban, produciéndose fuertes reacomodos en el sector industrial americano y el sector agropecuario mexicano. Estos cambios estructurales fueron criticados señalando que el tratado había sido perjudicial, particularmente para EE.UU. por las pérdidas de empleos en varias industrias, sobre todo las intensivas en mano de obra y las menos competitivas que sobrevivían gracias a la protección del gobierno americano. En México las críticas se concentraron en gran medida en el sector agrícola, porque varios de nuestros productores tuvieron que abandonar sus empresas agrícolas al no poder competir con los productos americanos subsidiados. Muchos de los trabajadores agrícolas dejaron de ser ejidatarios y comuneros para pasar a ser peones asalariados. Sin embargo, durante esos 23 años, el balance ha sido altamente positivo para Estados Unidos y México en términos de creación de más empleos que los que se perdieron y de mayor valor agregado que el que se perdió.
El TLC revirtió la tendencia descendente de la competitividad de varias industrias estadounidenses tales como la automotriz, electrodomésticos y electrónicos, entre otros. México, por su lado, empezó a crear nuevas plantas industriales especializadas en partes de la cadena productiva de compañías estadounidenses, en especial las intensivas en mano de obra. México empezó a experimentar superávits en su balanza comercial con EE.UU. y el resto del mundo.
Beneficios
El TLCAN ha tenido siete beneficios principales, a saber: 1) aumento en las exportaciones, 2) mayor productividad y competitividad, 3) reducción de precios y costos, 4) creación de empleos, 5) mayor crecimiento económico, 6) aumento de la inversión y 7) reducción de los gastos públicos.
El tratado cuadruplicó el comercio entre Canadá, México y Estados Unidos. Solamente en el primer año de operación del tratado, México tuvo un déficit comercial con EE.UU., logrando superávits desde 1995 hasta el año 2016. En el caso de Canadá, México ha tenido 12 déficits y 11 superávits. Mientras que Canadá ha tenido superávits todos los años con Estados Unidos.
Los tres socios se volvieron más competitivos frente al resto del mundo. En ese período de 1993 al 2016, México logró exportar siete veces más que lo exportaba un año antes del tratado, mientras que EE.UU. logró en el mismo periodo incrementar sus exportaciones 3.1 veces y Canadá, 2.7 veces.
Empresas americanas que iban a la baja en su participación comercial en el mundo, revirtieron la tendencia gracias a la diversificación y especialización que lograron en varios segmentos de su cadena de producción. La especialización en los segmentos de alta tecnología y la reasignación a México de los segmentos intensivos en mano de obra resucitaron a varias compañías estadounidenses, permitiéndoles mejorar y abaratar sus productos. Estados Unidos, gracias al TLCAN, pudo presentar un frente mejor ante sus competidores europeos y asiáticos, logrando así competir de tú a tú.
Los efectos perniciosos de la crisis financiera del 2008 hubieran sido peores si no hubiera sido por el TLC. Seguramente más gente hubiera estado desempleada y los efectos sociales hubieran sido más extensos que lo que se presentó.
La productividad aumentó en los tres países gracias a las economías de escala y especialización en las actividades con alto contenido de conocimiento, sobre todo en el desarrollo de las tecnologías de punta. Todas las actividades industriales capaces de ser desagregadas en cadenas transnacionales de valor fueron beneficiadas gracias a las cortas distancias entre los tres países, aprovechando que es más barato, fácil y rápido transportar partes e insumos por vía terrestre que por vías marítima o aérea.
Los precios de los productos y alimentos al consumidor disminuyeron en los tres países. En EE.UU., los productos del campo se abarataron por la desaparición de las tarifas, aranceles y trabas al comercio y la disminución en el costo del transporte. Estados Unidos empezó a importar crudo mexicano más barato que antes del acuerdo porque el TLC eliminó las tarifas; al reducir su dependencia del Medio Oriente Estados Unidos aumentó su seguridad. México se benefició en los sectores de consumo y de producción, con la reducción de precios de los enseres domésticos, artículos industriales y bienes de capital.
Con el abaratamiento de los bienes producidos en Norteamérica, la participación en los mercados doméstico y extranjero de las empresas en los tres países aumentó, generando más y mejores empleos. En EE.UU. y Canadá, las industrias de alta tecnología se vieron favorecidas, así como los servicios de consultoría técnica, industrial, financiera y de salud. Solamente, en Estados Unidos, el aumento en las exportaciones generó cerca de 5 millones de nuevos trabajos. En la industria automotriz el empleo aumentó 14.1% en tres años, mientras que los salarios aumentaron 5.6%.
El TLCAN estimuló el crecimiento económico de los tres socios, beneficiando en particular al sector agrícola de Estados Unidos, y la industria automotriz y los servicios de los tres países.
El aumento en la inversión fue significativo, empresarios nacionales y extranjeros invirtieron en México para disfrutar el acceso al mercado americano, aprovechándose de la regla de origen que indicaba que los productos para estar libres de aranceles y ser intercambiados entre las tres naciones deberían tener un contenido norteamericano de por lo menos un 62.5%.
La inversión extranjera en México se triplicó, gran parte de la cual era estadounidense. Empresas americanas invirtieron 452 mil millones de dólares en México y Canadá pero, lo interesante fue que invirtieron más en su propio país. Por ejemplo, las compañías automotrices americanas invirtieron 39 mil millones de dólares en Estados Unidos mientras que en México sólo invirtieron 3 mil millones.
Empresas mexicanas y canadienses, a su vez, invirtieron 240 mil millones de dólares en EE.UU., en especial en las actividades industriales, seguros y compañías bancarias. Con la apertura financiera que permitió el tratado, capital golondrino mexicano fue a parar a Estados Unidos, ayudando en los sectores de la construcción, producción de bienes intermedios y de capital.
El TLCAN permitió una reducción en los gastos gubernamentales al abaratarse el desarrollo de los proyectos públicos mediante la competencia entre las firmas de los tres países.
Costos
En cuanto a los costos del tratado, también se han identificado siete: 1) pérdidas de empleo, 2) debilitamiento de la fuerza sindical, 3) pérdidas de producción, 4) caída de los salarios, 5) reducción de fuentes de financiamiento, 6) deterioración ambiental y 7) pérdidas en el transporte de carga.
Debido a las ventajas salariales, varias empresas americanas trasladaron algunos segmentos de su cadena productiva a México; en particular, en la industria automotriz, textiles, aparatos eléctricos y computación. Se perdieron entre 500 mil a 750 mil empleos en las industrias manufactureras de California, Nueva York, Michigan y Texas. Industrias enteras que sobrevivían gracias a las políticas proteccionistas del gobierno federal, desaparecieron del mapa productivo de Estados Unidos.
Cabe hacer notar la dicotomía entre China y México. Varios de los empleos generados en China fueron creados por empresas de ese país al hacer quebrar a las empresas americanas con las que competían, perdiéndose fuentes de trabajo en EE.UU. Mientras que muchos empleos generados en México fueron gracias a las compañías americanas que se trasladaron al país cerrando las fuentes de empleo en Estados Unidos. Estas empresas, gracias al ahorro en sus costos de producción, pudieron sobrevivir y enfrentar la competencia China, reinvirtiendo sus ganancias en Estados Unidos y México, en una proporción de 92% en EE.UU. y 8% en México, creando más empleos con las nuevas inversiones que los que se perdieron por el traslado inicial. Aparte, hay que destacar que el déficit comercial de EE.UU. con China es cinco veces mayor al que tiene con México.
El poder de negociación de la mano de obra americana disminuyó después del tratado. Entre 1993 a 1995, trabajadores en el 50% de las empresas americanas afectadas informaron que no pudieron negociar aumentos salariales ante la amenaza ejecutiva de cerrar su empresa e irse a México. Este porcentaje aumentó al 65% en 1999.
Los trabajadores agrícolas, desempleados por el cierre de las empresas del campo desplazadas por los agricultores americanos, al buscar empleos en las empresas maquiladoras, deprimieron por varios años los sueldos y salarios de los obreros mexicanos.
Las pérdidas productivas en EE.UU. se debieron al traslado de varias empresas a México, mientras que las pérdidas de producción en México correspondieron a las importaciones agrícolas subsidiadas de Estados Unidos.
Los salarios en las empresas americanas intensivas en mano de obra de baja calificación disminuyeron en EE.UU. Este fenómeno también afectó a México, disminuyendo el nivel de vida de las familias del campo. También, el incremento en la oferta laboral deprimió los salarios de los obreros en las maquiladoras y empresas productivas en México.
La apertura en el sector financiero, permitió el libre movimiento de capitales, lo cual redujo en México la oferta de financiamiento interno. Los empresarios y adinerados mexicanos enviaron parte de su capital a Nueva York como una especie de seguro de protección ante posibles crisis e incertidumbre. Eso aumentó el costo del dinero para financiar las actividades en el sector industrial y de la construcción en México. La crisis financiera que vivió México en 1994-95 fue más profunda que lo que hubiera sido sin esa fuga de capitales.
La transferencia de empresas americanas y canadienses a México tuvieron un fuerte impacto negativo en el medio ambiente, dado que las normas ambientales en México eran menos estrictas. Las empresas bajaron sus costos por una mano de obra más barata, y por el ahorro de costos para la mitigación ambiental. La deterioración ambiental en la frontera fue significativa.
El sector transportista en México fue seriamente afectado al negársele el beneficio ya acordado en la de negociación del TLC de permitir la entrada de camiones mexicanos a Estados Unidos. El argumento usado fue que los transportistas mexicanos representaban un riesgo para la seguridad del transporte carretero en Estados Unidos. Éste fue un argumento a todas luces proteccionista empleado por los transportistas americanos que el Congreso americano recogió y apoyó, cerrando la frontera al auto transporte mexicano. Esta prohibición aumentó los tiempos y costos del transporte entre México y Estados Unidos al tener que intercambiar la carga en la frontera a los camiones del otro país.
Respuestas
En cuanto a la primera pregunta sobre si el tratado había perjudicado más que beneficiado a EE.UU., la respuesta es un categórico NO. A todas luces el impacto ha tenido un impacto neto positivo en (1) el crecimiento económico de los tres países, (2) la modernización de su estructura económica, (3) la productividad y competitividad de Norteamérica, (4) las exportaciones, (5) el empleo, (6) la inversión, y (7) la reducción de costos y precios.
Aún cuando las estimaciones pueden cambiar, todos los estudiosos de la materia reconocen que ha habido un aumento en la tasa de crecimiento de Estados Unidos por lo menos de medio punto porcentual al año, en México entre el 1 al 2% y en Canadá entre 0.5 a 1.5%.
En EE.UU. se produjo un reacomodo gradual de las actividades intensivas en mano de obra hacia las actividades intensivas en conocimientos, mejorando las oportunidades para los empleados más calificados. En Canadá el tratado permitió la reafirmación de sus ventajas comparativas, tales como en las industrias madereras, las aeronaves, los metales y las aleaciones. El nivel de precios al consumidor y al mayoreo disminuyó en los tres países, permitiendo el aumento en el ingreso disponible de las familias y el menor costo de desarrollo de nuevos proyectos.
En cuanto a la segunda pregunta de qué es lo que pasaría si se llegase a terminar el TLCAN, la obvia respuesta es que los tres países sufrirían debido a las trabas para el intercambio, el aumento en las tarifas y aranceles, lo que conduciría a una pérdida relativa en la fortaleza comercial de la zona, en la competitividad y productividad de sus industrias y en el dinamismo y orientación de su crecimiento.
Las consecuencias en México serían económicas, sociales y políticas. En el corto y mediano plazo habría una disminución en el crecimiento económico, reducción en las exportaciones, aumento de costos y precios, caída en la inversión extranjera y pérdida de valor del peso. Los sectores más afectados serían los textiles, ropa, maquinaria pesada y la industria automotriz. México perdería casi un millón de puestos de trabajo. En el mediano y largo plazo, un México que crece poco o nada es un país en el que se exacerban las condiciones de marginación y de descontento popular.
Es cierto que Canadá también sufriría las consecuencias de la terminación del tratado, pero probablemente serían menores que las de sus dos socios, dado que tiene buenas opciones para redirigir sus necesidades comerciales a otros países, en especial el Reino Unido y Europa. Canadá perdería poco más de 125 mil empleos.
Las consecuencias en EE.UU. serían significativas, perdiendo competitividad con el resto del mundo. Estados Unidos perdería alrededor de 250 mil puestos de trabajo. Poco a poco la tendencia observada antes de la entrada en vigor del tratado, de la salida de las empresas y productos americanos de los mercados europeos y asiáticos se volvería a acentuar gradualmente, perdiendo mercados no solamente fuera de Estados Unidos, sino también dentro del propio país. Esto sería más pronunciado en las ramas automotrices, aéreoespaciales, electrodomésticos y computación. El consumidor norteamericano tendría que pagar más por los alimentos y la energía.
Aparte de que Estados Unidos enviaría al resto del mundo una pésima señal de su baja o nula confiabilidad como nación soberana, además de que su liderazgo comercial, económico, industrial y tecnológico se vería cada vez más reducido y desafiado por China. EE.UU. pasaría de haber controlado la zona comercial más grande del mundo a la tercera posición después de la Unión Europea y China.
En cuanto a la tercera pregunta acerca de si los beneficios del TLC compensan sus costos, la respuesta es un rotundo SI. En los casi 24 años de operación del tratado, los beneficios para los tres países han sido relevantes. La economía americana evitó su descenso acelerado al recuperar su posición como una de las primeras potencias comerciales del mundo. La economía canadiense alcanzó los primeros lugares de competitividad en el planeta, mientras que la economía mexicana no sólo mantuvo un crecimiento positivo a pesar de sus muchos obstáculos y desafíos manteniéndose como una de las principales economías emergentes de mayor exportación en el mundo.
Conclusión
Una apertura comercial o un tratado de libre comercio para ser sustentables necesitan que sus beneficios no solamente sean superiores a sus costos, sino que existan además los mecanismos para poder compensar a aquellos grupos y sectores perjudicados por el tratado. Aparte, la única manera válida para legitimar una apertura comercial ante la sociedad es la de comprobar que el país va a estar mejor con el tratado que sin él.
El TLCAN ha sido fundamental para mantener el vigor económico de Norteamérica; es el clásico arreglo “ganar, ganar y ganar” para los tres socios. Resulta de sentido común que la renegociación promovida por Donald Trump tendría que haberse enfocado a modernizar, profundizar y extender las áreas económicas para mejorar el bienestar y potencial de Norteamérica. Sin embargo, la visión restringida de concentrarse en el déficit comercial como la guía rectora, hizo que las cuatro rondas de negociación del TLCAN fracasaran.
Las propuestas disparatadas de los negociadores americanos iban en contra del propio espíritu del tratado –lograr mayores beneficios para los tres socios– proponiendo beneficiar más a EE.UU. a costa de los demás. Dentro de esas propuestas absurdas destacaban (1) la elevación de la regla de origen del sector automotriz de 62.5% a 85%, incluyendo 50% de insumos estadounidenses, (2) la llamada cláusula ocaso que llevaría a la renegociación del tratado cada cinco años, y (3) la eliminación de los paneles de arbitraje para las disputas comerciales. Lo absurdo e injusto de estas propuestas hizo pensar a muchos que tenían el único fin de provocar que Canadá y México se retiraran de las negociaciones, puesto que EE.UU. no quería afrontar el costo político de ser ellos los que terminaran con el tratado.
La pregunta que nos podríamos plantear, dado los malos resultados de las cuatro mesas de negociación del TLCAN es, y ahora ¿qué sigue?
Hay dos escenarios a futuro: con y sin Donald Trump. El “escenario con Trump” es el de seguir con las negociaciones con una actitud prudente y tolerante, pero firme, evitando ser los primeros en levantarse de la mesa. Si el tratado se termina, que sea a iniciativa de la administración de Trump. En el “escenario sin Trump”, seguramente se podrá renegociar y modernizar el TLCAN de manera sensata y en beneficio de los tres socios.
México tendrá que vivir tres años más con la incertidumbre y agravios de la administración Trump. A pesar de que las circunstancias nos cerraron la puerta, también nos abrieron una ventana. Es momento para enfocarnos a resolver nuestros problemas internos, todos relacionados con los malos gobiernos. Nuestro sistema político –con la figura de los candidatos independientes– nos abre un nuevo capítulo en la transparencia para la toma de decisiones de los tres poderes, los tres niveles de gobierno, las autoridades y las instituciones. Un funcionario bajo constante escrutinio es más difícil que abuse y robe o que haga mal o no haga su trabajo.
La esperanza de este economista es que México y Canadá se lleguen a sentar con la próxima administración de EE.UU. a renegociar un nuevo TLC que incluya el libre movimiento de los bienes y servicios, incluyendo la fuerza de trabajo en toda la zona de Norteamérica. El próximo TLCAN debería modernizarse, profundizarse y extenderse para lograr una verdadera unión económica y comercial en los tres países. Pero, se necesita un Estados Unidos más receptivo y menos chovinista, así como un México más honesto, menos corrupto y menos impune. Ese es el México, honesto y honorable, al que todos los mexicanos aspiramos.
La renegociación del tratado en 2017 se llevó a cabo a instancias del presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien considera que éste ha sido altamente negativo para su país. Esta apreciación da lugar a nuestra primera interrogante, ¿tiene razón Trump acerca de que el TLC ha perjudicado más que beneficiado a EE.UU.?
Veamos, cualquier acuerdo comercial crea cambios estructurales que generan ganadores y perdedores, por lo que es necesario justificarlo y legitimarlo ante los ciudadanos del país. La apertura comercial con uno o varios países solamente se puede justificar siempre y cuando sus beneficios sean superiores a los costos, puesto que va a haber grupos, actividades, sectores y regiones que se beneficiarán, mientras que otros van a perder. Por lo tanto, la segunda pregunta es: ¿habrá beneficios suficientes para compensar los costos, dejando a todos en una mejor situación que antes del acuerdo?
Los tres socios del TLC tienen diferentes objetivos, condiciones y desafíos, por lo que las negociaciones han sido y seguirán siendo difíciles. Por un lado, el principal objetivo de Estados Unidos es eliminar la asimetría comercial con México y Canadá, con los que generalmente tienen déficits en la balanza comercial. Por el otro lado, los objetivos de Canadá y México son parecidos, lograr mayor competitividad en sus exportaciones con el resto del mundo.
Las economías de Canadá y Estados Unidos, por sus mayores niveles de desarrollo, son más parecidas y compiten más entre sí, mientras que la economía de EE.UU. y la de México son más complementarias, sugiriendo negociaciones más difíciles de Estados Unidos con Canadá, que con México. Pero por supuesto, esto no toma en cuenta la antipatía que Trump siente por México, ni que –independientemente de lo que acuerde su equipo– puede expresar una opinión diametralmente opuesta a sus negociadores en cualquiera de sus controvertidos tweets.
Estas diferencias de objetivos, condiciones e incertidumbres nos llevan a plantear la tercera pregunta: ¿qué es lo que va pasar si se llega a terminar el TLC?
Antes de tratar de responder a las tres cuestiones anteriores, vale la pena hablar un poco sobre los antecedentes del TLC.
Antecedentes
El TLC se negoció en 1992 y 1993 entre los presidentes Carlos Salinas de Gortari, George Bush, y Brian Mulroney, entrando en vigor a principios de 1994, fue la joya de la administración de Carlos Salinas. Su objetivo era establecer una zona de libre comercio donde hubiera libre circulación de los bienes y servicios de las tres naciones, eliminando los permisos, cuotas y licencias, así como las tarifas y aranceles. El acuerdo creó la zona de libre comercio más grande del mundo, reuniendo a 450 millones de personas y economías que generaban el 28% del Producto Interno Bruto mundial, por encima del 22% de la Unión Europea y el 15% de China.
Los efectos del TLCAN fueron muy diferentes a los que se vaticinaban, produciéndose fuertes reacomodos en el sector industrial americano y el sector agropecuario mexicano. Estos cambios estructurales fueron criticados señalando que el tratado había sido perjudicial, particularmente para EE.UU. por las pérdidas de empleos en varias industrias, sobre todo las intensivas en mano de obra y las menos competitivas que sobrevivían gracias a la protección del gobierno americano. En México las críticas se concentraron en gran medida en el sector agrícola, porque varios de nuestros productores tuvieron que abandonar sus empresas agrícolas al no poder competir con los productos americanos subsidiados. Muchos de los trabajadores agrícolas dejaron de ser ejidatarios y comuneros para pasar a ser peones asalariados. Sin embargo, durante esos 23 años, el balance ha sido altamente positivo para Estados Unidos y México en términos de creación de más empleos que los que se perdieron y de mayor valor agregado que el que se perdió.
El TLC revirtió la tendencia descendente de la competitividad de varias industrias estadounidenses tales como la automotriz, electrodomésticos y electrónicos, entre otros. México, por su lado, empezó a crear nuevas plantas industriales especializadas en partes de la cadena productiva de compañías estadounidenses, en especial las intensivas en mano de obra. México empezó a experimentar superávits en su balanza comercial con EE.UU. y el resto del mundo.
Beneficios
El TLCAN ha tenido siete beneficios principales, a saber: 1) aumento en las exportaciones, 2) mayor productividad y competitividad, 3) reducción de precios y costos, 4) creación de empleos, 5) mayor crecimiento económico, 6) aumento de la inversión y 7) reducción de los gastos públicos.
El tratado cuadruplicó el comercio entre Canadá, México y Estados Unidos. Solamente en el primer año de operación del tratado, México tuvo un déficit comercial con EE.UU., logrando superávits desde 1995 hasta el año 2016. En el caso de Canadá, México ha tenido 12 déficits y 11 superávits. Mientras que Canadá ha tenido superávits todos los años con Estados Unidos.
Los tres socios se volvieron más competitivos frente al resto del mundo. En ese período de 1993 al 2016, México logró exportar siete veces más que lo exportaba un año antes del tratado, mientras que EE.UU. logró en el mismo periodo incrementar sus exportaciones 3.1 veces y Canadá, 2.7 veces.
Empresas americanas que iban a la baja en su participación comercial en el mundo, revirtieron la tendencia gracias a la diversificación y especialización que lograron en varios segmentos de su cadena de producción. La especialización en los segmentos de alta tecnología y la reasignación a México de los segmentos intensivos en mano de obra resucitaron a varias compañías estadounidenses, permitiéndoles mejorar y abaratar sus productos. Estados Unidos, gracias al TLCAN, pudo presentar un frente mejor ante sus competidores europeos y asiáticos, logrando así competir de tú a tú.
Los efectos perniciosos de la crisis financiera del 2008 hubieran sido peores si no hubiera sido por el TLC. Seguramente más gente hubiera estado desempleada y los efectos sociales hubieran sido más extensos que lo que se presentó.
La productividad aumentó en los tres países gracias a las economías de escala y especialización en las actividades con alto contenido de conocimiento, sobre todo en el desarrollo de las tecnologías de punta. Todas las actividades industriales capaces de ser desagregadas en cadenas transnacionales de valor fueron beneficiadas gracias a las cortas distancias entre los tres países, aprovechando que es más barato, fácil y rápido transportar partes e insumos por vía terrestre que por vías marítima o aérea.
Los precios de los productos y alimentos al consumidor disminuyeron en los tres países. En EE.UU., los productos del campo se abarataron por la desaparición de las tarifas, aranceles y trabas al comercio y la disminución en el costo del transporte. Estados Unidos empezó a importar crudo mexicano más barato que antes del acuerdo porque el TLC eliminó las tarifas; al reducir su dependencia del Medio Oriente Estados Unidos aumentó su seguridad. México se benefició en los sectores de consumo y de producción, con la reducción de precios de los enseres domésticos, artículos industriales y bienes de capital.
Con el abaratamiento de los bienes producidos en Norteamérica, la participación en los mercados doméstico y extranjero de las empresas en los tres países aumentó, generando más y mejores empleos. En EE.UU. y Canadá, las industrias de alta tecnología se vieron favorecidas, así como los servicios de consultoría técnica, industrial, financiera y de salud. Solamente, en Estados Unidos, el aumento en las exportaciones generó cerca de 5 millones de nuevos trabajos. En la industria automotriz el empleo aumentó 14.1% en tres años, mientras que los salarios aumentaron 5.6%.
El TLCAN estimuló el crecimiento económico de los tres socios, beneficiando en particular al sector agrícola de Estados Unidos, y la industria automotriz y los servicios de los tres países.
El aumento en la inversión fue significativo, empresarios nacionales y extranjeros invirtieron en México para disfrutar el acceso al mercado americano, aprovechándose de la regla de origen que indicaba que los productos para estar libres de aranceles y ser intercambiados entre las tres naciones deberían tener un contenido norteamericano de por lo menos un 62.5%.
La inversión extranjera en México se triplicó, gran parte de la cual era estadounidense. Empresas americanas invirtieron 452 mil millones de dólares en México y Canadá pero, lo interesante fue que invirtieron más en su propio país. Por ejemplo, las compañías automotrices americanas invirtieron 39 mil millones de dólares en Estados Unidos mientras que en México sólo invirtieron 3 mil millones.
Empresas mexicanas y canadienses, a su vez, invirtieron 240 mil millones de dólares en EE.UU., en especial en las actividades industriales, seguros y compañías bancarias. Con la apertura financiera que permitió el tratado, capital golondrino mexicano fue a parar a Estados Unidos, ayudando en los sectores de la construcción, producción de bienes intermedios y de capital.
El TLCAN permitió una reducción en los gastos gubernamentales al abaratarse el desarrollo de los proyectos públicos mediante la competencia entre las firmas de los tres países.
Costos
En cuanto a los costos del tratado, también se han identificado siete: 1) pérdidas de empleo, 2) debilitamiento de la fuerza sindical, 3) pérdidas de producción, 4) caída de los salarios, 5) reducción de fuentes de financiamiento, 6) deterioración ambiental y 7) pérdidas en el transporte de carga.
Debido a las ventajas salariales, varias empresas americanas trasladaron algunos segmentos de su cadena productiva a México; en particular, en la industria automotriz, textiles, aparatos eléctricos y computación. Se perdieron entre 500 mil a 750 mil empleos en las industrias manufactureras de California, Nueva York, Michigan y Texas. Industrias enteras que sobrevivían gracias a las políticas proteccionistas del gobierno federal, desaparecieron del mapa productivo de Estados Unidos.
Cabe hacer notar la dicotomía entre China y México. Varios de los empleos generados en China fueron creados por empresas de ese país al hacer quebrar a las empresas americanas con las que competían, perdiéndose fuentes de trabajo en EE.UU. Mientras que muchos empleos generados en México fueron gracias a las compañías americanas que se trasladaron al país cerrando las fuentes de empleo en Estados Unidos. Estas empresas, gracias al ahorro en sus costos de producción, pudieron sobrevivir y enfrentar la competencia China, reinvirtiendo sus ganancias en Estados Unidos y México, en una proporción de 92% en EE.UU. y 8% en México, creando más empleos con las nuevas inversiones que los que se perdieron por el traslado inicial. Aparte, hay que destacar que el déficit comercial de EE.UU. con China es cinco veces mayor al que tiene con México.
El poder de negociación de la mano de obra americana disminuyó después del tratado. Entre 1993 a 1995, trabajadores en el 50% de las empresas americanas afectadas informaron que no pudieron negociar aumentos salariales ante la amenaza ejecutiva de cerrar su empresa e irse a México. Este porcentaje aumentó al 65% en 1999.
Los trabajadores agrícolas, desempleados por el cierre de las empresas del campo desplazadas por los agricultores americanos, al buscar empleos en las empresas maquiladoras, deprimieron por varios años los sueldos y salarios de los obreros mexicanos.
Las pérdidas productivas en EE.UU. se debieron al traslado de varias empresas a México, mientras que las pérdidas de producción en México correspondieron a las importaciones agrícolas subsidiadas de Estados Unidos.
Los salarios en las empresas americanas intensivas en mano de obra de baja calificación disminuyeron en EE.UU. Este fenómeno también afectó a México, disminuyendo el nivel de vida de las familias del campo. También, el incremento en la oferta laboral deprimió los salarios de los obreros en las maquiladoras y empresas productivas en México.
La apertura en el sector financiero, permitió el libre movimiento de capitales, lo cual redujo en México la oferta de financiamiento interno. Los empresarios y adinerados mexicanos enviaron parte de su capital a Nueva York como una especie de seguro de protección ante posibles crisis e incertidumbre. Eso aumentó el costo del dinero para financiar las actividades en el sector industrial y de la construcción en México. La crisis financiera que vivió México en 1994-95 fue más profunda que lo que hubiera sido sin esa fuga de capitales.
La transferencia de empresas americanas y canadienses a México tuvieron un fuerte impacto negativo en el medio ambiente, dado que las normas ambientales en México eran menos estrictas. Las empresas bajaron sus costos por una mano de obra más barata, y por el ahorro de costos para la mitigación ambiental. La deterioración ambiental en la frontera fue significativa.
El sector transportista en México fue seriamente afectado al negársele el beneficio ya acordado en la de negociación del TLC de permitir la entrada de camiones mexicanos a Estados Unidos. El argumento usado fue que los transportistas mexicanos representaban un riesgo para la seguridad del transporte carretero en Estados Unidos. Éste fue un argumento a todas luces proteccionista empleado por los transportistas americanos que el Congreso americano recogió y apoyó, cerrando la frontera al auto transporte mexicano. Esta prohibición aumentó los tiempos y costos del transporte entre México y Estados Unidos al tener que intercambiar la carga en la frontera a los camiones del otro país.
Respuestas
En cuanto a la primera pregunta sobre si el tratado había perjudicado más que beneficiado a EE.UU., la respuesta es un categórico NO. A todas luces el impacto ha tenido un impacto neto positivo en (1) el crecimiento económico de los tres países, (2) la modernización de su estructura económica, (3) la productividad y competitividad de Norteamérica, (4) las exportaciones, (5) el empleo, (6) la inversión, y (7) la reducción de costos y precios.
Aún cuando las estimaciones pueden cambiar, todos los estudiosos de la materia reconocen que ha habido un aumento en la tasa de crecimiento de Estados Unidos por lo menos de medio punto porcentual al año, en México entre el 1 al 2% y en Canadá entre 0.5 a 1.5%.
En EE.UU. se produjo un reacomodo gradual de las actividades intensivas en mano de obra hacia las actividades intensivas en conocimientos, mejorando las oportunidades para los empleados más calificados. En Canadá el tratado permitió la reafirmación de sus ventajas comparativas, tales como en las industrias madereras, las aeronaves, los metales y las aleaciones. El nivel de precios al consumidor y al mayoreo disminuyó en los tres países, permitiendo el aumento en el ingreso disponible de las familias y el menor costo de desarrollo de nuevos proyectos.
En cuanto a la segunda pregunta de qué es lo que pasaría si se llegase a terminar el TLCAN, la obvia respuesta es que los tres países sufrirían debido a las trabas para el intercambio, el aumento en las tarifas y aranceles, lo que conduciría a una pérdida relativa en la fortaleza comercial de la zona, en la competitividad y productividad de sus industrias y en el dinamismo y orientación de su crecimiento.
Las consecuencias en México serían económicas, sociales y políticas. En el corto y mediano plazo habría una disminución en el crecimiento económico, reducción en las exportaciones, aumento de costos y precios, caída en la inversión extranjera y pérdida de valor del peso. Los sectores más afectados serían los textiles, ropa, maquinaria pesada y la industria automotriz. México perdería casi un millón de puestos de trabajo. En el mediano y largo plazo, un México que crece poco o nada es un país en el que se exacerban las condiciones de marginación y de descontento popular.
Es cierto que Canadá también sufriría las consecuencias de la terminación del tratado, pero probablemente serían menores que las de sus dos socios, dado que tiene buenas opciones para redirigir sus necesidades comerciales a otros países, en especial el Reino Unido y Europa. Canadá perdería poco más de 125 mil empleos.
Las consecuencias en EE.UU. serían significativas, perdiendo competitividad con el resto del mundo. Estados Unidos perdería alrededor de 250 mil puestos de trabajo. Poco a poco la tendencia observada antes de la entrada en vigor del tratado, de la salida de las empresas y productos americanos de los mercados europeos y asiáticos se volvería a acentuar gradualmente, perdiendo mercados no solamente fuera de Estados Unidos, sino también dentro del propio país. Esto sería más pronunciado en las ramas automotrices, aéreoespaciales, electrodomésticos y computación. El consumidor norteamericano tendría que pagar más por los alimentos y la energía.
Aparte de que Estados Unidos enviaría al resto del mundo una pésima señal de su baja o nula confiabilidad como nación soberana, además de que su liderazgo comercial, económico, industrial y tecnológico se vería cada vez más reducido y desafiado por China. EE.UU. pasaría de haber controlado la zona comercial más grande del mundo a la tercera posición después de la Unión Europea y China.
En cuanto a la tercera pregunta acerca de si los beneficios del TLC compensan sus costos, la respuesta es un rotundo SI. En los casi 24 años de operación del tratado, los beneficios para los tres países han sido relevantes. La economía americana evitó su descenso acelerado al recuperar su posición como una de las primeras potencias comerciales del mundo. La economía canadiense alcanzó los primeros lugares de competitividad en el planeta, mientras que la economía mexicana no sólo mantuvo un crecimiento positivo a pesar de sus muchos obstáculos y desafíos manteniéndose como una de las principales economías emergentes de mayor exportación en el mundo.
Conclusión
Una apertura comercial o un tratado de libre comercio para ser sustentables necesitan que sus beneficios no solamente sean superiores a sus costos, sino que existan además los mecanismos para poder compensar a aquellos grupos y sectores perjudicados por el tratado. Aparte, la única manera válida para legitimar una apertura comercial ante la sociedad es la de comprobar que el país va a estar mejor con el tratado que sin él.
El TLCAN ha sido fundamental para mantener el vigor económico de Norteamérica; es el clásico arreglo “ganar, ganar y ganar” para los tres socios. Resulta de sentido común que la renegociación promovida por Donald Trump tendría que haberse enfocado a modernizar, profundizar y extender las áreas económicas para mejorar el bienestar y potencial de Norteamérica. Sin embargo, la visión restringida de concentrarse en el déficit comercial como la guía rectora, hizo que las cuatro rondas de negociación del TLCAN fracasaran.
Las propuestas disparatadas de los negociadores americanos iban en contra del propio espíritu del tratado –lograr mayores beneficios para los tres socios– proponiendo beneficiar más a EE.UU. a costa de los demás. Dentro de esas propuestas absurdas destacaban (1) la elevación de la regla de origen del sector automotriz de 62.5% a 85%, incluyendo 50% de insumos estadounidenses, (2) la llamada cláusula ocaso que llevaría a la renegociación del tratado cada cinco años, y (3) la eliminación de los paneles de arbitraje para las disputas comerciales. Lo absurdo e injusto de estas propuestas hizo pensar a muchos que tenían el único fin de provocar que Canadá y México se retiraran de las negociaciones, puesto que EE.UU. no quería afrontar el costo político de ser ellos los que terminaran con el tratado.
La pregunta que nos podríamos plantear, dado los malos resultados de las cuatro mesas de negociación del TLCAN es, y ahora ¿qué sigue?
Hay dos escenarios a futuro: con y sin Donald Trump. El “escenario con Trump” es el de seguir con las negociaciones con una actitud prudente y tolerante, pero firme, evitando ser los primeros en levantarse de la mesa. Si el tratado se termina, que sea a iniciativa de la administración de Trump. En el “escenario sin Trump”, seguramente se podrá renegociar y modernizar el TLCAN de manera sensata y en beneficio de los tres socios.
México tendrá que vivir tres años más con la incertidumbre y agravios de la administración Trump. A pesar de que las circunstancias nos cerraron la puerta, también nos abrieron una ventana. Es momento para enfocarnos a resolver nuestros problemas internos, todos relacionados con los malos gobiernos. Nuestro sistema político –con la figura de los candidatos independientes– nos abre un nuevo capítulo en la transparencia para la toma de decisiones de los tres poderes, los tres niveles de gobierno, las autoridades y las instituciones. Un funcionario bajo constante escrutinio es más difícil que abuse y robe o que haga mal o no haga su trabajo.
La esperanza de este economista es que México y Canadá se lleguen a sentar con la próxima administración de EE.UU. a renegociar un nuevo TLC que incluya el libre movimiento de los bienes y servicios, incluyendo la fuerza de trabajo en toda la zona de Norteamérica. El próximo TLCAN debería modernizarse, profundizarse y extenderse para lograr una verdadera unión económica y comercial en los tres países. Pero, se necesita un Estados Unidos más receptivo y menos chovinista, así como un México más honesto, menos corrupto y menos impune. Ese es el México, honesto y honorable, al que todos los mexicanos aspiramos.
Los Pros y Cons del TLCAN
Concepto
|
Pros
|
Cons
|
Valió la pena
|
Comercio
|
Aumentó
|
Si
|
|
Producción
|
Aumentó
|
1) Disminuyó en EE.UU. en las industrias intensivas
en mano de obra y las industrias protegidas;
2) La producción agropecuaria en México disminuyó al
no poder competir con los productos americanos subsidiados
|
Si
|
Empleo
|
1) Generó 5 millones de trabajos en EE.UU.;
2) Creó miles de empleos en México en las
maquiladoras de partes automotrices, electrónicos y computación
|
1) 682,900 puestos de trabajo se perdieron en el
sector manufacturero estadounidense;
2) Miles de trabajos se perdieron en el sector
agropecuario mexicano
|
Si
|
Salarios
|
Salario promedio aumentó
|
1) Empresas en EE.UU. suprimieron alza de salarios;
2) Disminuyeron salarios de los trabajadores en las
maquiladoras
|
Si
|
Inversión
|
Aumentó en los tres países
|
Fuga de capital mexicano hacia EE.UU.
|
Si
|
Petróleo
|
1) Los costos disminuyeron en EE.UU.;
2) Aumentó la seguridad americana
|
Si
|
|
Servicios
|
EE.UU. exportó financiamiento y servicios de salud
|
Si
|
|
Gastos capital gobierno
|
Disminución gracias al aumento en la competencia
|
Si
|
|
Alimentos
|
Los precios al consumidor disminuyeron en los 3
países
|
1) Agricultores americanos recibieron subsidios;
2) Empresarios agrícolas mexicanos quebraron
|
No
|
Trabajadores
|
1) Trabajadores americanos perdieron poder de
negociación;
2) Trabajadores mexicanos fueron sobreexplotados
|
No
|
|
Auto Transporte
|
1) Prohibición americana al libre tránsito de
camiones mexicanos;
2) Traslado de carga en la frontera a camiones de
EE.UU.;
3) Demoras y mayores costos
|
No
|
|
Medio ambiente
|
EE.UU. mejoró su medio ambiente
|
En México se deterioró
|
No
|
martes, mayo 30, 2017
Una vez más América Latina en la mira de la historia
El reciente fallecimiento del último dictador en la historia de Panamá, Manuel Noriega –o como le decían sus rivales “cara de piña” por las cicatrices del furioso acné que sufrió de joven –me hizo recordar lo que era Panamá bajo ese dictador, un país sumido en la corrupción con una economía destrozada y en franco retroceso, de lo que es ahora 30 años después, una economía pujante con uno de los crecimientos sostenidos más elevados en América Latina.
Noriega nunca fue un personaje fascinante, ni tan siquiera un gobernante carismático, sino tan sólo una figura interesante; durante su administración comenzó la era denominada “narco cleptócracia”, por el notorio narcotráfico y la extendida corrupción. Noriega fue espía de la CIA y socio de los narcotraficantes colombianos, atreviéndose a desafiar a los Estados Unidos, anunciando con machete en mano que Panamá estaba en guerra contra los americanos. Claro, Estados Unidos, ni lento ni perezoso, invadió militarmente a Panamá en diciembre de 1989, derrocando, capturando y encarcelando al dictador, abriendo el paso a una sucesión de gobiernos democráticos que han gobernado al país hasta la actualidad.
América Latina es una de las regiones del mundo con el mayor número de organismos subregionales, tanto políticos como económicos reflejos de un legado bolivariano y de un anhelo de unión de nuestros países. Sin embargo, a pesar de la historia y el deseo romántico de un futuro compartido, no se ha logrado la suma de las sinergias de los países miembros; siempre han ganado los intereses personales de los gobernantes, las ideologías neo populistas y las rivalidades chovinistas. Estos obstáculos trasnochados han generado conflictos bilaterales que han impedido la unificación de criterios y procedimientos, bloqueando los procesos de integración.
Nuestra región ahora enfrenta nuevos retos por la interminable corrupción e infinita ineptitud de varios gobiernos en la región, destacando las situaciones por las que atraviesan Venezuela y Brasil.
A todo latinoamericano le duele ver lo que está pasando en Venezuela, una de las economías que en el pasado tenía uno de los más altos niveles de vida en la región esta ahora sumida en un desastre socioeconómico. Venezuela atraviesa por una crisis humanitaria por falta de alimentos: el 68% de los productos básicos escasean, un tercio de la población come solo dos o menos comidas al día, siete de cada diez venezolanos perdió en promedio 8.7 kilos de peso en el último año. Éste desastre socioeconómico no fue provocado por catástrofes naturales ni por escasez de recursos sino por la ineptitud del gobierno venezolano y la extendida corrupción. En ningún momento el gobierno de Nicolás Maduro ha aceptado responsabilidad por la situación de crisis económica, acusando a los opositores y defendiéndose con ideologías sustentadas en un populismo nacionalista y un neo socialismo trasnochado.
Maduro en sus ansias de mantenerse en el poder ha orquestado un Golpe de Estado al (1) anular al parlamento, (2) constituir un Tribunal Supremo electo de manera inconstitucional, usurpando de facto todas las funciones del parlamento democráticamente elegido, (3) postergar indefinidamente las elecciones, y (4) crear medio millón de milicias pretorianas que no dependen del ministerio de defensa, sino del propio Maduro, milicias cuya figura legal no existe en la constitución. Esto hace recordar los caricaturescos batallones de la dignidad creados por el dictador narcotraficante Manuel Noriega allá en el Panamá de los ochenta, o de los salvajes tonton macoutes del dictador haitiano Papa Doc Duvalier.
En los países democráticos no hay milicias populares sino tan sólo fuerzas armadas profesionales y apolíticas; solamente las fuerzas armadas de una nación pueden custodiar las armas de la patria y por ello se les prohíbe intervenir en la lucha política. En las democracias, la violencia de Estado debe ser independiente de los intereses e ideologías de los gobernantes en turno.
La situación en Venezuela es crítica, la administración de Maduro ha acabado de sumir a Venezuela en una de las crisis más graves de su historia. En el marco de un Estado de Emergencia permanente, no aprobado por la Asamblea Nacional, Maduro ha encarcelado a los líderes de oposición o los ha inhabilitado, postergando indefinidamente el derecho constitucional al voto. Ante el creciente descontento, el gobierno venezolano ha incrementado la represión de los manifestantes por la Guardia Nacional. El costo de la represión ha sido alto, ya van alrededor de 60 muertos en las constantes manifestaciones contra Maduro.
Otro país que está sufriendo los estragos económicos y políticos de la corrupción es Brasil, donde sus habitantes están hartos de que todos sus gobernantes hayan caído presas de la corrupción: el expresidente Lula da Silva, la presidenta destituida Dilma Rousseff y el actual presidente Michel Temer. El presidente está siendo acusado de obstrucción de justicia y cobro de sobornos por el fiscal del Tribunal Supremo, dando a conocer una conversación grabada del empresario Joesley Batista con el presidente Temer, en la cual queda en claro la complicidad para comprar el silencio del expresidente de la Cámara. Dos de los empresarios más poderosos de América Latina, Odebrecht y Batista, están pasando a la historia como los villanos más grandes de Brasil en contubernio con los principales políticos.
No podemos cerrar esta nota sin mencionar lo que está pasando en México con las próximas elecciones en el Estado de México, Coahuila y Nayarit. Las campañas electorales se han distinguido por las acusaciones entre los candidatos, las descalificaciones entre los partidos, y las promesas imposibles de cumplir. Éstas elecciones se están dando bajo un clima de incertidumbre por las políticas del presidente electo Donald Trump, clima que afecta todos los canales económicos como las exportaciones, remesas, inversión extranjera, el clima de negocios y la confianza de los consumidores. Aparte, la inseguridad continúa rampante con los asesinatos de periodistas, robos de combustibles, enfrentamientos de narcotraficantes, pero tranquilos por favor, que ya se abrieron carpetas de investigación…
El sueño bolivariano de una América Latina unida es cada vez más lejano. A la mejor podríamos encaminarnos en esa dirección siempre cuando el proceso de integración fuera independiente de los intereses de los presidentes en turno, de los compromisos de los partidos y de las ideologías de los gobernantes, pero eso es fácil decirse y difícil de lograrse.
Simón Bolívar en 1824 decretó la pena de muerte contra los funcionarios corruptos, teniendo en cuenta que una de las principales causas de los desastres de la República era la escandalosa dilapidación de fondos públicos por algunos funcionarios, decretando que todo funcionario público a quien se le encontrara haber malversado o tomado para sí fondos públicos quedaría sujeto a la pena capital, y aquellos jueces a quienes les competía esta responsabilidad y que en su caso no procedieran conforme a este decreto también serían condenados a la misma pena. Claro, casi 30 años después de la muerte del libertador, sus decretos fueron abolidos por los gobernantes en turno.
No creo que nadie sepa cuál es el destino de América latina, pero sí creo que muchos sabemos cuáles son sus desafíos: combatir la corrupción, disminuir la inseguridad y evitar los abusos de poder.
Noriega nunca fue un personaje fascinante, ni tan siquiera un gobernante carismático, sino tan sólo una figura interesante; durante su administración comenzó la era denominada “narco cleptócracia”, por el notorio narcotráfico y la extendida corrupción. Noriega fue espía de la CIA y socio de los narcotraficantes colombianos, atreviéndose a desafiar a los Estados Unidos, anunciando con machete en mano que Panamá estaba en guerra contra los americanos. Claro, Estados Unidos, ni lento ni perezoso, invadió militarmente a Panamá en diciembre de 1989, derrocando, capturando y encarcelando al dictador, abriendo el paso a una sucesión de gobiernos democráticos que han gobernado al país hasta la actualidad.
América Latina es una de las regiones del mundo con el mayor número de organismos subregionales, tanto políticos como económicos reflejos de un legado bolivariano y de un anhelo de unión de nuestros países. Sin embargo, a pesar de la historia y el deseo romántico de un futuro compartido, no se ha logrado la suma de las sinergias de los países miembros; siempre han ganado los intereses personales de los gobernantes, las ideologías neo populistas y las rivalidades chovinistas. Estos obstáculos trasnochados han generado conflictos bilaterales que han impedido la unificación de criterios y procedimientos, bloqueando los procesos de integración.
Nuestra región ahora enfrenta nuevos retos por la interminable corrupción e infinita ineptitud de varios gobiernos en la región, destacando las situaciones por las que atraviesan Venezuela y Brasil.
A todo latinoamericano le duele ver lo que está pasando en Venezuela, una de las economías que en el pasado tenía uno de los más altos niveles de vida en la región esta ahora sumida en un desastre socioeconómico. Venezuela atraviesa por una crisis humanitaria por falta de alimentos: el 68% de los productos básicos escasean, un tercio de la población come solo dos o menos comidas al día, siete de cada diez venezolanos perdió en promedio 8.7 kilos de peso en el último año. Éste desastre socioeconómico no fue provocado por catástrofes naturales ni por escasez de recursos sino por la ineptitud del gobierno venezolano y la extendida corrupción. En ningún momento el gobierno de Nicolás Maduro ha aceptado responsabilidad por la situación de crisis económica, acusando a los opositores y defendiéndose con ideologías sustentadas en un populismo nacionalista y un neo socialismo trasnochado.
Maduro en sus ansias de mantenerse en el poder ha orquestado un Golpe de Estado al (1) anular al parlamento, (2) constituir un Tribunal Supremo electo de manera inconstitucional, usurpando de facto todas las funciones del parlamento democráticamente elegido, (3) postergar indefinidamente las elecciones, y (4) crear medio millón de milicias pretorianas que no dependen del ministerio de defensa, sino del propio Maduro, milicias cuya figura legal no existe en la constitución. Esto hace recordar los caricaturescos batallones de la dignidad creados por el dictador narcotraficante Manuel Noriega allá en el Panamá de los ochenta, o de los salvajes tonton macoutes del dictador haitiano Papa Doc Duvalier.
En los países democráticos no hay milicias populares sino tan sólo fuerzas armadas profesionales y apolíticas; solamente las fuerzas armadas de una nación pueden custodiar las armas de la patria y por ello se les prohíbe intervenir en la lucha política. En las democracias, la violencia de Estado debe ser independiente de los intereses e ideologías de los gobernantes en turno.
La situación en Venezuela es crítica, la administración de Maduro ha acabado de sumir a Venezuela en una de las crisis más graves de su historia. En el marco de un Estado de Emergencia permanente, no aprobado por la Asamblea Nacional, Maduro ha encarcelado a los líderes de oposición o los ha inhabilitado, postergando indefinidamente el derecho constitucional al voto. Ante el creciente descontento, el gobierno venezolano ha incrementado la represión de los manifestantes por la Guardia Nacional. El costo de la represión ha sido alto, ya van alrededor de 60 muertos en las constantes manifestaciones contra Maduro.
Otro país que está sufriendo los estragos económicos y políticos de la corrupción es Brasil, donde sus habitantes están hartos de que todos sus gobernantes hayan caído presas de la corrupción: el expresidente Lula da Silva, la presidenta destituida Dilma Rousseff y el actual presidente Michel Temer. El presidente está siendo acusado de obstrucción de justicia y cobro de sobornos por el fiscal del Tribunal Supremo, dando a conocer una conversación grabada del empresario Joesley Batista con el presidente Temer, en la cual queda en claro la complicidad para comprar el silencio del expresidente de la Cámara. Dos de los empresarios más poderosos de América Latina, Odebrecht y Batista, están pasando a la historia como los villanos más grandes de Brasil en contubernio con los principales políticos.
No podemos cerrar esta nota sin mencionar lo que está pasando en México con las próximas elecciones en el Estado de México, Coahuila y Nayarit. Las campañas electorales se han distinguido por las acusaciones entre los candidatos, las descalificaciones entre los partidos, y las promesas imposibles de cumplir. Éstas elecciones se están dando bajo un clima de incertidumbre por las políticas del presidente electo Donald Trump, clima que afecta todos los canales económicos como las exportaciones, remesas, inversión extranjera, el clima de negocios y la confianza de los consumidores. Aparte, la inseguridad continúa rampante con los asesinatos de periodistas, robos de combustibles, enfrentamientos de narcotraficantes, pero tranquilos por favor, que ya se abrieron carpetas de investigación…
El sueño bolivariano de una América Latina unida es cada vez más lejano. A la mejor podríamos encaminarnos en esa dirección siempre cuando el proceso de integración fuera independiente de los intereses de los presidentes en turno, de los compromisos de los partidos y de las ideologías de los gobernantes, pero eso es fácil decirse y difícil de lograrse.
Simón Bolívar en 1824 decretó la pena de muerte contra los funcionarios corruptos, teniendo en cuenta que una de las principales causas de los desastres de la República era la escandalosa dilapidación de fondos públicos por algunos funcionarios, decretando que todo funcionario público a quien se le encontrara haber malversado o tomado para sí fondos públicos quedaría sujeto a la pena capital, y aquellos jueces a quienes les competía esta responsabilidad y que en su caso no procedieran conforme a este decreto también serían condenados a la misma pena. Claro, casi 30 años después de la muerte del libertador, sus decretos fueron abolidos por los gobernantes en turno.
No creo que nadie sepa cuál es el destino de América latina, pero sí creo que muchos sabemos cuáles son sus desafíos: combatir la corrupción, disminuir la inseguridad y evitar los abusos de poder.
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jueves, noviembre 13, 2014
México: Historia de una calle
“Casa de 7 millones de dólares”, “Los muertos en Ayotzinapa”, “Un Gobernador dueño de un Banco”, “Quema de la puerta Mariana del Palacio Nacional (patrimonio histórico)”, “Incendios y desmanes en Guerrero”... Ufff que noticias tan tristes. El momento de crisis social tan difícil por el cual estamos atravesando los mexicanos me ha hecho reflexionar sobre quiénes somos como pueblo y nación. El proceso de violencia generado por criminales, narco-funcionarios, maestros disidentes y grupos marginales, es manifestación de la descomposición moral que estamos viviendo por la corrupción e impunidad endémica. No hay nada nuevo, las crisis se han venido gestando desde hace mucho tiempo atrás. Lo preocupante es que nos lleguen todas de repente y sin esperanzas visibles de solución.
Creo que a todos nos resulta más fácil criticar a nuestros gobernantes y autoridades de la situación que criticarnos a nosotros mismos. Los problemas a nivel de país, estado, ciudad, municipio, delegación y de vecindario son tan parecidos que apuntan a una causa común: el origen del problema no son los gobernantes ni las autoridades sino nosotros, sí, nosotros mismos como la materia prima de esta Nación. A continuación me gustaría ilustrar mi argumento con la historia de la calle en donde vivo. ¿A ver qué piensan mis dos o tres estimados lectores?
Radico al sur de la Ciudad de México, en Jardines del Pedregal, una colonia de nivel medio alto en donde se pagan de los prediales más altos del país. Sin embargo, hay una carencia total de servicios por parte de su delegación. En varias ocasiones los vecinos hemos hablado con las autoridades en turno para que nos brinden vigilancia, arreglen las banquetas, pavimenten la calle, desazolven las coladeras, cambien las luminarias fundidas del alumbrado público, pero todo sin éxito. En más de 30 años la delegación no ha arreglado las banquetas, ni pavimentado la calle, ni arreglado el alumbrado público, no ha hecho nada de nada, excepto prometer.
Ante esto, los residentes de la calle formamos una asociación de vecinos, a la cual responsabilizamos para brindar los servicios que la delegación se suponía nos debería de suministrar. Cuando nos constituimos como asociación, el 90% de los residentes contribuíamos con los gastos de operación con cuotas mensuales.
Contratamos a una compañía privada de seguridad, instalamos dos plumas de acceso (brazos mecánicos) a la entrada y salida de la calle; afortunadamente, siendo una calle secundaria, no causó mayores trastornos viales al tránsito de terceros. Los robos a las casas de la calle disminuyeron drásticamente.
Debido al mal estado de las banquetas, la asociación contrató albañiles para que las arreglaran, sin embargo los trabajos se suspendieron al llegar varias patrullas de la delegación para apresar a los trabajadores. En otras palabras, la delegación no solamente no cumplía con sus obligaciones y responsabilidades, sino que además evitaba que nosotros hiciéramos su trabajo. Era claro, lo que buscaban las primeras patrullas eran gratificaciones para permitirnos continuar con nuestras reparaciones.
Vendedores de tamales y puestos de comida se empezaron a instalar en las banquetas en las mañanas y al mediodía para dar de comer a los trabajadores de las construcciones de la calle, generando problemas de basura y de paso vial. La asociación les pidió retirarse de la calle, pero al día siguiente llegó su líder con un equipo de mal encarados y con representantes de la delegación para decirnos que ellos tenían permiso para colocarse en la calle.
Los problemas con los malos vecinos empezaron casi inmediatamente después de la constitución de la asociación. La esposa de un ex líder sindical, propietaria de una de las casas más grandes y lujosas con seis vehículos, dejó de pagar con el argumento de que era viuda. El residente más adinerado de la calle, un ex funcionario del gobierno del Distrito Federal, puso una escuela para menores para que su esposa tuviera algo que hacer lo que creó un incómodo problema de tráfico a la entrada y salida de los estudiantes. Otros residentes empezaron a rentar sus casas a las cadenas televisivas para hacer telecomedias, ocasionando congestionamiento vial y ensuciando la calle con basura de los empleados de apoyo. Otras familias organizaron tumultuosas fiestas de paga donde se tocaba música a altos volúmenes hasta el amanecer y se les vendía bebidas alcohólicas a menores. Cuando la asociación les pidió que dejaran de hacer esto por los problemas y molestias que ocasionaban al resto de los vecinos, los residentes involucrados reaccionaron agresivamente e inclusive dejaron de contribuir a la asociación de vecinos.
Cuando la asociación trató de reducir los beneficios a aquellos residentes que no pagaban –pidiéndoles que ellos mismos levantaran la pluma cuando tenían que entrar o salir de la calle–, varios de los vecinos gorrones, en lugar de empezar a contribuir con sus cuotas, prefirieron darle gratificación a los policías de la delegación para que apresaran a nuestros guardias privados por supuestamente impedir el libre tránsito.
Una señora a quien se le pidió su identificación para entrar a la calle se molestó tanto que embistió con su coche al guardia enviándolo al hospital. El novio de una muchacha residente, al pedírsele su identificación se enojó a tal grado que se bajó a golpear al guardia. El hijo de uno de los residentes que no contribuía a la asociación, al solicitársele su identificación, se negó, aceleró y arremetió en contra de la pluma, destrozándola.
En una asamblea de vecinos me invitaron a participar en la mesa directiva. Como el presidente en turno de la asociación no entregaba informes financieros, los empecé a solicitar. Al cabo de varias solicitudes el presidente entregó unos informes sumamente condensados sin mayor detalle, pero encontramos que había estado cargando a la asociación sus gastos de gasolina durante los cinco años que había estado al frente de la asociación. Cuando le hicimos notar estos hechos, negó los cargos y contraatacó tratando de desprestigiarnos. En una álgida asamblea fue destituido y se nombró a una nueva mesa directiva. Los vecinos no le pidieron que devolviera el dinero para evitar un conflicto: prefirieron la impunidad al enfrentamiento. Ahora, dicho ex presidente de la asociación no cubre sus cuotas.
Actualmente, solamente el 55% de los residentes contribuyen a los gastos de la asociación.
Guardando toda proporción, los problemas de mi calle son los problemas de México. Lo único en común de ambos lugares somos nosotros, sí, nosotros los mexicanos.
La historia de mi calle es tan sólo un microcosmos de la vida de nuestro país, pero considero que refleja muy bien la calidad humana de muchos de nosotros, seamos gobernados o gobernantes. Mientras no seamos capaces de entender que el bien de mi vecino es mi propio bien; que mi abuso es el abuso de mi vecino; que mi mordida es la mordida en contra de mis derechos; que hacerme de la vista gorda ante la corrupción e impunidad de propios es la arbitrariedad en contra mía, nuestros problemas como nación y como pueblo continuarán.
Mientras no cambiemos, nada va a cambiar, todo va a seguir siendo igual o todo va a seguir empeorando. La diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, está en lo que hacemos.
Creo que a todos nos resulta más fácil criticar a nuestros gobernantes y autoridades de la situación que criticarnos a nosotros mismos. Los problemas a nivel de país, estado, ciudad, municipio, delegación y de vecindario son tan parecidos que apuntan a una causa común: el origen del problema no son los gobernantes ni las autoridades sino nosotros, sí, nosotros mismos como la materia prima de esta Nación. A continuación me gustaría ilustrar mi argumento con la historia de la calle en donde vivo. ¿A ver qué piensan mis dos o tres estimados lectores?
Radico al sur de la Ciudad de México, en Jardines del Pedregal, una colonia de nivel medio alto en donde se pagan de los prediales más altos del país. Sin embargo, hay una carencia total de servicios por parte de su delegación. En varias ocasiones los vecinos hemos hablado con las autoridades en turno para que nos brinden vigilancia, arreglen las banquetas, pavimenten la calle, desazolven las coladeras, cambien las luminarias fundidas del alumbrado público, pero todo sin éxito. En más de 30 años la delegación no ha arreglado las banquetas, ni pavimentado la calle, ni arreglado el alumbrado público, no ha hecho nada de nada, excepto prometer.
Ante esto, los residentes de la calle formamos una asociación de vecinos, a la cual responsabilizamos para brindar los servicios que la delegación se suponía nos debería de suministrar. Cuando nos constituimos como asociación, el 90% de los residentes contribuíamos con los gastos de operación con cuotas mensuales.
Contratamos a una compañía privada de seguridad, instalamos dos plumas de acceso (brazos mecánicos) a la entrada y salida de la calle; afortunadamente, siendo una calle secundaria, no causó mayores trastornos viales al tránsito de terceros. Los robos a las casas de la calle disminuyeron drásticamente.
Debido al mal estado de las banquetas, la asociación contrató albañiles para que las arreglaran, sin embargo los trabajos se suspendieron al llegar varias patrullas de la delegación para apresar a los trabajadores. En otras palabras, la delegación no solamente no cumplía con sus obligaciones y responsabilidades, sino que además evitaba que nosotros hiciéramos su trabajo. Era claro, lo que buscaban las primeras patrullas eran gratificaciones para permitirnos continuar con nuestras reparaciones.
Vendedores de tamales y puestos de comida se empezaron a instalar en las banquetas en las mañanas y al mediodía para dar de comer a los trabajadores de las construcciones de la calle, generando problemas de basura y de paso vial. La asociación les pidió retirarse de la calle, pero al día siguiente llegó su líder con un equipo de mal encarados y con representantes de la delegación para decirnos que ellos tenían permiso para colocarse en la calle.
Los problemas con los malos vecinos empezaron casi inmediatamente después de la constitución de la asociación. La esposa de un ex líder sindical, propietaria de una de las casas más grandes y lujosas con seis vehículos, dejó de pagar con el argumento de que era viuda. El residente más adinerado de la calle, un ex funcionario del gobierno del Distrito Federal, puso una escuela para menores para que su esposa tuviera algo que hacer lo que creó un incómodo problema de tráfico a la entrada y salida de los estudiantes. Otros residentes empezaron a rentar sus casas a las cadenas televisivas para hacer telecomedias, ocasionando congestionamiento vial y ensuciando la calle con basura de los empleados de apoyo. Otras familias organizaron tumultuosas fiestas de paga donde se tocaba música a altos volúmenes hasta el amanecer y se les vendía bebidas alcohólicas a menores. Cuando la asociación les pidió que dejaran de hacer esto por los problemas y molestias que ocasionaban al resto de los vecinos, los residentes involucrados reaccionaron agresivamente e inclusive dejaron de contribuir a la asociación de vecinos.
Cuando la asociación trató de reducir los beneficios a aquellos residentes que no pagaban –pidiéndoles que ellos mismos levantaran la pluma cuando tenían que entrar o salir de la calle–, varios de los vecinos gorrones, en lugar de empezar a contribuir con sus cuotas, prefirieron darle gratificación a los policías de la delegación para que apresaran a nuestros guardias privados por supuestamente impedir el libre tránsito.
Una señora a quien se le pidió su identificación para entrar a la calle se molestó tanto que embistió con su coche al guardia enviándolo al hospital. El novio de una muchacha residente, al pedírsele su identificación se enojó a tal grado que se bajó a golpear al guardia. El hijo de uno de los residentes que no contribuía a la asociación, al solicitársele su identificación, se negó, aceleró y arremetió en contra de la pluma, destrozándola.
En una asamblea de vecinos me invitaron a participar en la mesa directiva. Como el presidente en turno de la asociación no entregaba informes financieros, los empecé a solicitar. Al cabo de varias solicitudes el presidente entregó unos informes sumamente condensados sin mayor detalle, pero encontramos que había estado cargando a la asociación sus gastos de gasolina durante los cinco años que había estado al frente de la asociación. Cuando le hicimos notar estos hechos, negó los cargos y contraatacó tratando de desprestigiarnos. En una álgida asamblea fue destituido y se nombró a una nueva mesa directiva. Los vecinos no le pidieron que devolviera el dinero para evitar un conflicto: prefirieron la impunidad al enfrentamiento. Ahora, dicho ex presidente de la asociación no cubre sus cuotas.
Actualmente, solamente el 55% de los residentes contribuyen a los gastos de la asociación.
Guardando toda proporción, los problemas de mi calle son los problemas de México. Lo único en común de ambos lugares somos nosotros, sí, nosotros los mexicanos.
La historia de mi calle es tan sólo un microcosmos de la vida de nuestro país, pero considero que refleja muy bien la calidad humana de muchos de nosotros, seamos gobernados o gobernantes. Mientras no seamos capaces de entender que el bien de mi vecino es mi propio bien; que mi abuso es el abuso de mi vecino; que mi mordida es la mordida en contra de mis derechos; que hacerme de la vista gorda ante la corrupción e impunidad de propios es la arbitrariedad en contra mía, nuestros problemas como nación y como pueblo continuarán.
Mientras no cambiemos, nada va a cambiar, todo va a seguir siendo igual o todo va a seguir empeorando. La diferencia entre lo que somos y lo que queremos ser, está en lo que hacemos.
miércoles, agosto 27, 2014
Los BRICS: Edificio Solido o Casa de Papel
El político francés y miembro de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial Georges Bidault decía “Los débiles tienen un arma: los errores de los que se creen fuertes.” La alianza político-económica de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, denominada BRICS por las iniciales de cada país miembro, se considera una posible alternativa a los poderosos organismos internacionales controlados por Estados Unidos y sus principales aliados.
En una de las reuniones del G-20 se recomendó cambiar la dirección y administración de los organismos internacionales, tales como (1) permitir igualdad de voto independientemente de las aportaciones de los países miembros a esas instituciones y (2) nombrar a los directores de dichas instituciones con base en los méritos de los candidatos, más que de acuerdo a las nacionalidades, las que generalmente corresponden al de las principales naciones contribuidoras. Sin embargo, en la práctica Estados Unidos ha renegado de su compromiso y se ha opuesto a que se lleven a cabo dichos acuerdos, evitando una mayor democratización del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Estos abusos le abrieron la puerta a los BRICS para proponer nuevos enfoques de colaboración e instituciones alternativas a esos organismos internacionales.
Probablemente todos nos planteamos varias preguntas acerca de este grupo de países tan diferentes e iguales a la vez. Por ejemplo, ¿Cuál fue el propósito de crear la alianza de los BRICS? ¿Qué tan importante son los BRICS en el contexto internacional? ¿Tiene o no futuro éste grupo? ¿Debería México buscar una membresía en los BRICS?
La creación del grupo BRICS se debió en buena medida a la necesidad de Rusia y China de reafirmar su liderazgo en el contexto internacional, liderazgo que requería el apoyo y la unión de otros países. Esta alianza se constituyó a principios del siglo XXI para servir de contrapeso a la influencia de Estados Unidos y sus principales aliados, el denominado Eje Occidental de Washington, Nueva York, Londres y Bruselas. La unión de los BRICS fue para crear una alternativa al statu quo, otra opción al llamado “Consenso de Washington". La alianza surgió como un grupo de presión que en su momento se consideró un sueño guajiro con pocas probabilidades de éxito por las rivalidades y diferencias entre sus miembros, pero que sin embargo se ha venido fortaleciendo al punto de que en la última reunión anual en Fortaleza, Brasil del 15 al 16 de julio 2014 se propuso crear dos organismos para fomentar el desarrollo económico y asegurar la estabilidad financiera internacional.
Nadie duda de la importancia que tienen los BRICS en el contexto mundial, contribuyendo con más del 20% del producto interno bruto global y con más del 40% de la población mundial. También se acepta que se requiere más inversión en los países subdesarrollados, reconociendo que las instituciones financieras internacionales no se dan abasto, contribuyendo con menos del 4% de las necesidades de capital. China dispone de las mayores reservas internacionales, más de 3 billones de dólares, las cuales pueden ser más útiles y rentables prestando para el desarrollo y la estabilidad financiera que invirtiendo en los Certificados de Tesorería de los Estados Unidos. De tal manera, existe el espacio internacional para lograr la consolidación y el buen funcionamiento del grupo BRICS.
No obstante, hay que reconocer las profundas diferencias entre los países miembros. Probablemente la “C” cuenta más que las otras letras del grupo. China es la segunda economía más grande del mundo mientras que la de Sudáfrica es mucho más pequeña, siendo la 33ª de 123 países en el mundo. Brasil, India y Sudáfrica son básicamente países democráticos, mientras que China y Rusia son autocráticos. Las diferencias políticas se han manifestado en posiciones diferentes en relación a Siria, Ucrania y Gaza. Tales contrastes también se han exhibido en los esfuerzos para democratizar a las instituciones internacionales. Mientras que Brasil, india y Sudáfrica presionan para una mayor apertura en la gobernabilidad y toma de decisiones en dichas instituciones, China y Rusia abogan por el statu quo que tanto les favoreció durante las últimas décadas.
Hasta el momento los logros de los BRICS han sido mínimos. Sus reuniones anuales han sido más políticas que económicas, sirviendo más para criticar los enfoques convencionales de los organismos internacionales y las políticas del llamado Consenso de Washington, que para proponer nuevas y mejor fundamentadas alternativas. Ha habido algunas propuestas interesantes que no han progresado, tal y como la de crear una agencia calificadora de riesgo como alternativa a las existentes de Standard & Poor's, Moody's y Fitch de origen estadounidense que tanto daño le han causado a los países emergentes.
Sin embargo, si se lleva a cabo la propuesta de crear el Banco BRICS de Desarrollo y un Organismo de Contingencias de Reservas —cada uno con un capital esperado de 100 mil millones de dólares— se aumentarán los niveles de inversión en infraestructura, educación y otros proyectos de desarrollo en los propios BRICS y otros países emergentes. Estas instituciones servirán de contrapeso al Banco Mundial y el FMI, estimulando cambios democráticos en la gobernabilidad y una mayor eficacia en la operación de estos organismos.
El futuro para esta alianza es incierto. Bajo el modelo actual, las perspectivas de crecimiento y consolidación del grupo BRICS no son alentadoras. El modelo requiere ampliar su base y ser más incluyente de otros países con economías medias, tales como Egipto y Argentina. Claro, existe el peligro de que las rivalidades políticas e intereses opuestos entre los miembros del BRICS terminen con la alianza. Pero si consideramos la historia de los organismos internacionales actuales que han sobrevivido las rivalidades y agendas opuestas entre Estados Unidos y sus aliados franceses y alemanes, el grupo BRICS tiene buenas posibilidades de sobrevivencia. Aparte, su constitución y funcionamiento van a servir para presionar a que se democraticen los organismos internacionales, actualizándose en línea con un mundo crecientemente multipolar.
En cuanto a si México debería buscar su membresía en el grupo de los BRICS, la respuesta es probablemente no. Queramos o no, México es parte de la economía norteamericana (Canadá, Estados Unidos y México).El desempeño económico de los tres países ya no es de suma cero, donde unos ganan y otros pierden. Ahora o nos va bien a los tres, o les va mal a todos. México tiene que cambiar en la misma dirección de sus principales socios comerciales. Nuestras tres economías han crecido de manera complementaria y requerimos fortalecer dichos vínculos.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se crearon al término de la Segunda Guerra Mundial en un mundo muy diferente al actual. Es normal que dichas instituciones, a pesar de sus varias adecuaciones, requieran una gran reforma para poder responder mejor a los desafíos y necesidades del mundo multipolar actual.
Tal y como la creación de los bancos de desarrollo regionales como el Interamericano, el Asiático y el Europeo ayudaron a aumentar el financiamiento al desarrollo complementando los recursos del Banco Mundial, los organismos financieros propuestos por los BRICS no solamente contribuirán a elevar los fondos de inversión en los países emergentes, sino también estimularán las reformas que harán que estos viejos organismos sean más democráticos y efectivos.
Si bien la rivalidad política y económica en el contexto internacional continuará, el resultado de la competencia entre las naciones preponderantes y potenciales impactará de manera importante el desarrollo económico de los países emergentes.
Los BRICS están en proceso de mudarse de una casa de papel a un edificio cada vez más sólido.
En una de las reuniones del G-20 se recomendó cambiar la dirección y administración de los organismos internacionales, tales como (1) permitir igualdad de voto independientemente de las aportaciones de los países miembros a esas instituciones y (2) nombrar a los directores de dichas instituciones con base en los méritos de los candidatos, más que de acuerdo a las nacionalidades, las que generalmente corresponden al de las principales naciones contribuidoras. Sin embargo, en la práctica Estados Unidos ha renegado de su compromiso y se ha opuesto a que se lleven a cabo dichos acuerdos, evitando una mayor democratización del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Estos abusos le abrieron la puerta a los BRICS para proponer nuevos enfoques de colaboración e instituciones alternativas a esos organismos internacionales.
Probablemente todos nos planteamos varias preguntas acerca de este grupo de países tan diferentes e iguales a la vez. Por ejemplo, ¿Cuál fue el propósito de crear la alianza de los BRICS? ¿Qué tan importante son los BRICS en el contexto internacional? ¿Tiene o no futuro éste grupo? ¿Debería México buscar una membresía en los BRICS?
La creación del grupo BRICS se debió en buena medida a la necesidad de Rusia y China de reafirmar su liderazgo en el contexto internacional, liderazgo que requería el apoyo y la unión de otros países. Esta alianza se constituyó a principios del siglo XXI para servir de contrapeso a la influencia de Estados Unidos y sus principales aliados, el denominado Eje Occidental de Washington, Nueva York, Londres y Bruselas. La unión de los BRICS fue para crear una alternativa al statu quo, otra opción al llamado “Consenso de Washington". La alianza surgió como un grupo de presión que en su momento se consideró un sueño guajiro con pocas probabilidades de éxito por las rivalidades y diferencias entre sus miembros, pero que sin embargo se ha venido fortaleciendo al punto de que en la última reunión anual en Fortaleza, Brasil del 15 al 16 de julio 2014 se propuso crear dos organismos para fomentar el desarrollo económico y asegurar la estabilidad financiera internacional.
Nadie duda de la importancia que tienen los BRICS en el contexto mundial, contribuyendo con más del 20% del producto interno bruto global y con más del 40% de la población mundial. También se acepta que se requiere más inversión en los países subdesarrollados, reconociendo que las instituciones financieras internacionales no se dan abasto, contribuyendo con menos del 4% de las necesidades de capital. China dispone de las mayores reservas internacionales, más de 3 billones de dólares, las cuales pueden ser más útiles y rentables prestando para el desarrollo y la estabilidad financiera que invirtiendo en los Certificados de Tesorería de los Estados Unidos. De tal manera, existe el espacio internacional para lograr la consolidación y el buen funcionamiento del grupo BRICS.
No obstante, hay que reconocer las profundas diferencias entre los países miembros. Probablemente la “C” cuenta más que las otras letras del grupo. China es la segunda economía más grande del mundo mientras que la de Sudáfrica es mucho más pequeña, siendo la 33ª de 123 países en el mundo. Brasil, India y Sudáfrica son básicamente países democráticos, mientras que China y Rusia son autocráticos. Las diferencias políticas se han manifestado en posiciones diferentes en relación a Siria, Ucrania y Gaza. Tales contrastes también se han exhibido en los esfuerzos para democratizar a las instituciones internacionales. Mientras que Brasil, india y Sudáfrica presionan para una mayor apertura en la gobernabilidad y toma de decisiones en dichas instituciones, China y Rusia abogan por el statu quo que tanto les favoreció durante las últimas décadas.
Hasta el momento los logros de los BRICS han sido mínimos. Sus reuniones anuales han sido más políticas que económicas, sirviendo más para criticar los enfoques convencionales de los organismos internacionales y las políticas del llamado Consenso de Washington, que para proponer nuevas y mejor fundamentadas alternativas. Ha habido algunas propuestas interesantes que no han progresado, tal y como la de crear una agencia calificadora de riesgo como alternativa a las existentes de Standard & Poor's, Moody's y Fitch de origen estadounidense que tanto daño le han causado a los países emergentes.
Sin embargo, si se lleva a cabo la propuesta de crear el Banco BRICS de Desarrollo y un Organismo de Contingencias de Reservas —cada uno con un capital esperado de 100 mil millones de dólares— se aumentarán los niveles de inversión en infraestructura, educación y otros proyectos de desarrollo en los propios BRICS y otros países emergentes. Estas instituciones servirán de contrapeso al Banco Mundial y el FMI, estimulando cambios democráticos en la gobernabilidad y una mayor eficacia en la operación de estos organismos.
El futuro para esta alianza es incierto. Bajo el modelo actual, las perspectivas de crecimiento y consolidación del grupo BRICS no son alentadoras. El modelo requiere ampliar su base y ser más incluyente de otros países con economías medias, tales como Egipto y Argentina. Claro, existe el peligro de que las rivalidades políticas e intereses opuestos entre los miembros del BRICS terminen con la alianza. Pero si consideramos la historia de los organismos internacionales actuales que han sobrevivido las rivalidades y agendas opuestas entre Estados Unidos y sus aliados franceses y alemanes, el grupo BRICS tiene buenas posibilidades de sobrevivencia. Aparte, su constitución y funcionamiento van a servir para presionar a que se democraticen los organismos internacionales, actualizándose en línea con un mundo crecientemente multipolar.
En cuanto a si México debería buscar su membresía en el grupo de los BRICS, la respuesta es probablemente no. Queramos o no, México es parte de la economía norteamericana (Canadá, Estados Unidos y México).El desempeño económico de los tres países ya no es de suma cero, donde unos ganan y otros pierden. Ahora o nos va bien a los tres, o les va mal a todos. México tiene que cambiar en la misma dirección de sus principales socios comerciales. Nuestras tres economías han crecido de manera complementaria y requerimos fortalecer dichos vínculos.
El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se crearon al término de la Segunda Guerra Mundial en un mundo muy diferente al actual. Es normal que dichas instituciones, a pesar de sus varias adecuaciones, requieran una gran reforma para poder responder mejor a los desafíos y necesidades del mundo multipolar actual.
Tal y como la creación de los bancos de desarrollo regionales como el Interamericano, el Asiático y el Europeo ayudaron a aumentar el financiamiento al desarrollo complementando los recursos del Banco Mundial, los organismos financieros propuestos por los BRICS no solamente contribuirán a elevar los fondos de inversión en los países emergentes, sino también estimularán las reformas que harán que estos viejos organismos sean más democráticos y efectivos.
Si bien la rivalidad política y económica en el contexto internacional continuará, el resultado de la competencia entre las naciones preponderantes y potenciales impactará de manera importante el desarrollo económico de los países emergentes.
Los BRICS están en proceso de mudarse de una casa de papel a un edificio cada vez más sólido.
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lunes, agosto 18, 2014
Perspectivas Estructurales del Crecimiento en México
Aristóteles consideraba que el ser humano es un ser social por naturaleza y yo agregaría que una de sus principales manifestaciones es el quehacer político. Aun cuando muchos de nosotros no practiquemos la política, el ser político está escrito en nuestro código genético. De tal manera, las principales limitantes al crecimiento acelerado de México no se deben al mal ejercicio de la política en sí, sino a la baja calidad de quienes ejercen la política. México muy bien podría crecer a tasas superiores al 7%, pero no puede hacerlo por dos problemas fundamentales: las estructuras mentales de los mexicanos y un marco legal inadecuado.
Los seres humanos tenemos tres condicionantes: comer, reproducirnos, y sobrevivir. Para sobrevivir tenemos dos opciones pelear o huir. Comer y reproducirse son actividades que el ser humano puede diferir sin mayores consecuencias, claro al menos de que no sean periodos muy largos. Sin embargo, sobrevivir, evitar ser comido, es algo fundamental, solamente nos podemos equivocar una sola vez. Es por ello que nuestras mentes están programadas a darle prioridad a sobrevivir. Por extensión, los seres humanos le damos más importancia a las malas noticias que a las buenas. De tal manera, al escuchar sobre una crisis o una amenaza, tenemos la opción de enfrentarnos a ellas o huir.
Los expertos nos dicen que el ser humano tiene en promedio 60,000 pensamientos al día, claro no todos ellos originales, la mayoría son repeticiones de lo mismo. El punto relevante es que más de la mitad de estos pensamientos son negativos y las personas más negativas son generalmente las más conservadoras, aquellas que ven una amenaza en cada cambio, las que ven conspiraciones en cada propuesta. En promedio, los habitantes de los países desarrollados tienen más pensamientos positivos que los pobladores de los países subdesarrollados. Las poblaciones de los países avanzados generalmente son más amenas a aceptar el cambio, que los pobladores de las naciones subdesarrolladas.
Los tiempos de planeación son más cortos para aquellos que sospechan de todo y se sienten amenazados por el cambio, mientras que los tiempos de planeación para aquellos con pensamientos más positivos son más largos porque creen que los riesgos y peligros están bajo control. Un Estado con una mayoría de población con pensamientos negativos es un Estado que reacciona a las crisis y no un Estado que planea como evitarlas.
Los economistas en la década de los sesentas y setentas hablaban de que problema del subdesarrollo se debía en gran parte a las estructuras mentales. En otras palabras al sistema de creencias, valores morales, éticos y culturales de los pobladores de una nación. Hoy en día se habla de “disonancias cognitivas”, que es lo mismo pero que suena más sexy. El concepto se refiere a que es difícil cambiar las creencias de un pueblo subdesarrollado, por estar estas fincadas en una educación de baja calidad. Cuando las creencias son descalificadas por la realidad la primera reacción es cambiar de actitud ante esa realidad, descalificando a la propia realidad y a aquellos que aceptan dicha realidad.
Las disonancias cognitivas impiden al individuo ajustar sus creencias ante una realidad cambiante, llevándolo a afirmar sus creencias anteriores sospechando de aquellos que proponen ajustes para estar en línea con los hechos reales. Cualquier propuesta de cambio en las estructuras institucionales o legales que modifica los valores y principios aceptados en el pasado, se ven con sospecha. Los políticos conservadores, aquellos con predominancia de pensamientos negativos, en lugar de evaluar los méritos de las propuestas, prefieren acusar a los proponentes del cambio de intereses ocultos. El problema es que mientras no cambien las creencias, difícilmente se pueden promover buenas políticas públicas que mejoren las perspectivas de un crecimiento acelerado.
A partir de la revolución mexicana, se nos ha hecho pensar que son los intereses de los extranjeros y poderosos los que nos mantienen en la pobreza, que aquel que cuestionan al gobierno está criticando los valores patrios. Más de la mitad de los mexicanos creen en el populismo, es por ello que siguen ganando los políticos demagogos e ignorantes, aquellos que gritan “ahí viene el lobo” cada vez que se propone un cambio, por positivo que este sea. De qué otra manera podemos explicarnos el hecho de que el candidato a la alcaldía municipal de San Blas en Nayarit manifestó, haciendo gala de franqueza, que había robado, pero poquito, y a pesar de que los votantes ya sabían que el candidato era ladrón, aun así votaron por él, ganando las elecciones.
Nuestros políticos nos han infundado el temor al cambio porque se nos han hecho pensar que somos víctimas a la espera de un depredador. Se nos ha hecho pensar que la revolución mexicana es México, que la revolución es sinónimo de nuestra patria. De tal manera, Pemex como representa a la revolución mexicana y como la revolución mexicana es México, se le ha impedido aumentar su eficiencia porque eso significaría cambiar, lo que conllevaría el riesgo de acabar con la revolución mexicana. Asimismo, los sindicatos representan a los obreros y los obreros son México. Tradicionalmente le importa más a los gobernantes un sindicato de maestros contento que una población estudiantil bien educada.
Si lo que en realidad se busca es mejorar el bienestar de los mexicanos, el sector energético se debe abrir a la competencia y participación privada. Las empresas privadas en el sector de hidrocarburos en el mundo le pagan en promedio a los gobiernos el 72% de la de la renta petrolera y con el 28% restantes estas empresas tienen más que suficiente para convertirse en grandes empresas con tecnologías de punta. Aquí en México Pemex le venía pagando al gobierno 65% y con el 35% restante estaba técnicamente en bancarrota y con tecnologías obsoletas.
En cuanto al marco legal, las leyes en México se hicieron bajo un régimen autocrático. Desde la revolución mexicana hasta 1995 lo único que valía era la palabra del señor Presidente. Durante este periodo las leyes se formularon para que sonaran bonito, no para que se cumplieran. Las leyes se hicieron pensando que jamás se iban a aplicar. Y como no había evaluación de los resultados por la aplicación de las leyes, estas nunca se adecuaron a la realidad. Las leyes no siguieron un proceso de actualización, de compatibilización ante una realidad cambiante. El conjunto de leyes con las que empezamos el siglo XXI sirve de poco y se ha convertido en un obstáculo al desarrollo.
La apertura democrática que hemos vivido a partir de 1995 depende de la aplicación de las leyes y de un poder legislativo independiente. Así por ejemplo, el poder legislativo le negó un viaje al extranjero a Ernesto Zedillo, lo cual nunca antes se había visto durante los gobiernos priístas. La Suprema Corte de Justicia le dijo no a Vicente Fox a la expropiación de los terrenos de Texcoco. A Manuel López obrador también la Suprema Corte de Justicia le negó la expropiación de los terrenos para construir un camino, claro cuando López obrador se negó a obedecer, la Corte lo desaforó.
Hoy en día, nuestro marco legal se utiliza para impedir las buenas medidas de política económica. En telecomunicaciones si algo no le gusta a las cableras de Televisa, se amparan. Si algo no le gusta a Telmex o a Telcel, se amparan. Cuando el organismo regulador dice que debe haber competencia, los agentes preponderantes usan la ley para evitarla. De tal manera, amparo, amparo, amparo…
Heredamos un sistema legal e institucional confuso hecho para validar a un sistema autocrático, sistema que ya sido rebasado por la realidad. Tenemos un marco legal diseñado para repartir la riqueza, no para crearla; un sistema para perpetuar una dictadura de partido no para abrir el campo de juego al ejercicio democrático. Eso explica por qué se impiden las candidaturas independientes y la remoción de los representantes plurinominales.
Las buenas intenciones y propuestas se empantanan al amparo de las leyes e instituciones existentes, y es difícil cambiar a las leyes por estar sustentadas en creencias y sospechas de que el lobo está al acecho. Contra las creencias no hay evidencia que pueda convencer, sobre todo si la mayoría de las personas y políticos son conservadores con predominancia de pensamientos negativos.
Vale la pena recordar la frase de ese gran economista inglés John Maynard Keynes que decía que “…lo que detiene el desarrollo económico no son los intereses, sino las ideas de los economistas muertos”.
El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.
Los seres humanos tenemos tres condicionantes: comer, reproducirnos, y sobrevivir. Para sobrevivir tenemos dos opciones pelear o huir. Comer y reproducirse son actividades que el ser humano puede diferir sin mayores consecuencias, claro al menos de que no sean periodos muy largos. Sin embargo, sobrevivir, evitar ser comido, es algo fundamental, solamente nos podemos equivocar una sola vez. Es por ello que nuestras mentes están programadas a darle prioridad a sobrevivir. Por extensión, los seres humanos le damos más importancia a las malas noticias que a las buenas. De tal manera, al escuchar sobre una crisis o una amenaza, tenemos la opción de enfrentarnos a ellas o huir.
Los expertos nos dicen que el ser humano tiene en promedio 60,000 pensamientos al día, claro no todos ellos originales, la mayoría son repeticiones de lo mismo. El punto relevante es que más de la mitad de estos pensamientos son negativos y las personas más negativas son generalmente las más conservadoras, aquellas que ven una amenaza en cada cambio, las que ven conspiraciones en cada propuesta. En promedio, los habitantes de los países desarrollados tienen más pensamientos positivos que los pobladores de los países subdesarrollados. Las poblaciones de los países avanzados generalmente son más amenas a aceptar el cambio, que los pobladores de las naciones subdesarrolladas.
Los tiempos de planeación son más cortos para aquellos que sospechan de todo y se sienten amenazados por el cambio, mientras que los tiempos de planeación para aquellos con pensamientos más positivos son más largos porque creen que los riesgos y peligros están bajo control. Un Estado con una mayoría de población con pensamientos negativos es un Estado que reacciona a las crisis y no un Estado que planea como evitarlas.
Los economistas en la década de los sesentas y setentas hablaban de que problema del subdesarrollo se debía en gran parte a las estructuras mentales. En otras palabras al sistema de creencias, valores morales, éticos y culturales de los pobladores de una nación. Hoy en día se habla de “disonancias cognitivas”, que es lo mismo pero que suena más sexy. El concepto se refiere a que es difícil cambiar las creencias de un pueblo subdesarrollado, por estar estas fincadas en una educación de baja calidad. Cuando las creencias son descalificadas por la realidad la primera reacción es cambiar de actitud ante esa realidad, descalificando a la propia realidad y a aquellos que aceptan dicha realidad.
Las disonancias cognitivas impiden al individuo ajustar sus creencias ante una realidad cambiante, llevándolo a afirmar sus creencias anteriores sospechando de aquellos que proponen ajustes para estar en línea con los hechos reales. Cualquier propuesta de cambio en las estructuras institucionales o legales que modifica los valores y principios aceptados en el pasado, se ven con sospecha. Los políticos conservadores, aquellos con predominancia de pensamientos negativos, en lugar de evaluar los méritos de las propuestas, prefieren acusar a los proponentes del cambio de intereses ocultos. El problema es que mientras no cambien las creencias, difícilmente se pueden promover buenas políticas públicas que mejoren las perspectivas de un crecimiento acelerado.
A partir de la revolución mexicana, se nos ha hecho pensar que son los intereses de los extranjeros y poderosos los que nos mantienen en la pobreza, que aquel que cuestionan al gobierno está criticando los valores patrios. Más de la mitad de los mexicanos creen en el populismo, es por ello que siguen ganando los políticos demagogos e ignorantes, aquellos que gritan “ahí viene el lobo” cada vez que se propone un cambio, por positivo que este sea. De qué otra manera podemos explicarnos el hecho de que el candidato a la alcaldía municipal de San Blas en Nayarit manifestó, haciendo gala de franqueza, que había robado, pero poquito, y a pesar de que los votantes ya sabían que el candidato era ladrón, aun así votaron por él, ganando las elecciones.
Nuestros políticos nos han infundado el temor al cambio porque se nos han hecho pensar que somos víctimas a la espera de un depredador. Se nos ha hecho pensar que la revolución mexicana es México, que la revolución es sinónimo de nuestra patria. De tal manera, Pemex como representa a la revolución mexicana y como la revolución mexicana es México, se le ha impedido aumentar su eficiencia porque eso significaría cambiar, lo que conllevaría el riesgo de acabar con la revolución mexicana. Asimismo, los sindicatos representan a los obreros y los obreros son México. Tradicionalmente le importa más a los gobernantes un sindicato de maestros contento que una población estudiantil bien educada.
Si lo que en realidad se busca es mejorar el bienestar de los mexicanos, el sector energético se debe abrir a la competencia y participación privada. Las empresas privadas en el sector de hidrocarburos en el mundo le pagan en promedio a los gobiernos el 72% de la de la renta petrolera y con el 28% restantes estas empresas tienen más que suficiente para convertirse en grandes empresas con tecnologías de punta. Aquí en México Pemex le venía pagando al gobierno 65% y con el 35% restante estaba técnicamente en bancarrota y con tecnologías obsoletas.
En cuanto al marco legal, las leyes en México se hicieron bajo un régimen autocrático. Desde la revolución mexicana hasta 1995 lo único que valía era la palabra del señor Presidente. Durante este periodo las leyes se formularon para que sonaran bonito, no para que se cumplieran. Las leyes se hicieron pensando que jamás se iban a aplicar. Y como no había evaluación de los resultados por la aplicación de las leyes, estas nunca se adecuaron a la realidad. Las leyes no siguieron un proceso de actualización, de compatibilización ante una realidad cambiante. El conjunto de leyes con las que empezamos el siglo XXI sirve de poco y se ha convertido en un obstáculo al desarrollo.
La apertura democrática que hemos vivido a partir de 1995 depende de la aplicación de las leyes y de un poder legislativo independiente. Así por ejemplo, el poder legislativo le negó un viaje al extranjero a Ernesto Zedillo, lo cual nunca antes se había visto durante los gobiernos priístas. La Suprema Corte de Justicia le dijo no a Vicente Fox a la expropiación de los terrenos de Texcoco. A Manuel López obrador también la Suprema Corte de Justicia le negó la expropiación de los terrenos para construir un camino, claro cuando López obrador se negó a obedecer, la Corte lo desaforó.
Hoy en día, nuestro marco legal se utiliza para impedir las buenas medidas de política económica. En telecomunicaciones si algo no le gusta a las cableras de Televisa, se amparan. Si algo no le gusta a Telmex o a Telcel, se amparan. Cuando el organismo regulador dice que debe haber competencia, los agentes preponderantes usan la ley para evitarla. De tal manera, amparo, amparo, amparo…
Heredamos un sistema legal e institucional confuso hecho para validar a un sistema autocrático, sistema que ya sido rebasado por la realidad. Tenemos un marco legal diseñado para repartir la riqueza, no para crearla; un sistema para perpetuar una dictadura de partido no para abrir el campo de juego al ejercicio democrático. Eso explica por qué se impiden las candidaturas independientes y la remoción de los representantes plurinominales.
Las buenas intenciones y propuestas se empantanan al amparo de las leyes e instituciones existentes, y es difícil cambiar a las leyes por estar sustentadas en creencias y sospechas de que el lobo está al acecho. Contra las creencias no hay evidencia que pueda convencer, sobre todo si la mayoría de las personas y políticos son conservadores con predominancia de pensamientos negativos.
Vale la pena recordar la frase de ese gran economista inglés John Maynard Keynes que decía que “…lo que detiene el desarrollo económico no son los intereses, sino las ideas de los economistas muertos”.
El sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.
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