Ante los abundantes señalamientos de varios observadores de la pésima preparación de la Procuraduría del caso contra el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, el Secretario de Gobernación Osorio Chong pidió a los mexicanos tenerle fe a la PGR para darle un buen seguimiento al caso. El grado de desconfianza popular sobre las instituciones es tal que los representantes del gobierno nos piden confiar casi de manera religiosa en sus habilidades profesionales, parecieran pensar que “si no nos convencen con los hechos, nos van a conmover con la fe.”
Esta declaración se debe a la creciente debilidad de las instituciones producto, no sólo de la creciente inseguridad y de la mala gestión de los gobernantes emanados de los partidos tradicionales, sino principalmente a las percepciones de que (1) el país se sigue manejando de acuerdo a los intereses de los partidos más que al interés de la nación, y (2) las cosas van de mal en peor. Los datos sobre inseguridad validan esta percepción popular, los índices de violencia son de los más altos de la historia; en el 2016 se registraron 23,953 homicidios, siendo la cifra más alta desde 2011 durante la batalla frontal contra los narco criminales cuando se alcanzó la cifra récord de 27,199 homicidios. En medio de estas enormes cifras, solamente hubo un poco más de 4,000 condenas por este delito (INEGI), manifestando el síndrome de la impunidad rampante.
La violencia lacera más a la sociedad cuando es acompañada por una impunidad casi total, impunidad evidenciada por (1) personajes priistas de la política como Javier Duarte, Cesar Duarte, Borge y Moreira; (2) el crimen organizado como los enfrentamientos y narco bloqueos en Tláhuac en la Ciudad de México sugiriendo vínculos estrechos con las autoridades de Morena en dicha delegación; (3) los amigos y familiares de políticos y autoridades como esposas, hermanos, cuñados, suegros… La historia de la impunidad en México es larga y profunda revelando las grandes dificultades para enfrentarla por el temor a las represalias, compromisos con los partidos políticos y a que muchas autoridades tienen miedo de que les pisen la cola. El problema es que la impunidad retroalimenta a la corrupción y, frecuentemente, conduce a la intimidación y violencia, como muestran los ataques y asesinatos a periodistas. Finalmente llegamos, como casi siempre lo hacemos cuando hablamos de impunidad, al cáncer de nuestra historia como país, a la corrupción.
Los indicadores informan que los mexicanos sienten que la corrupción va en aumento; México cayó del lugar 78 al 93 de 128 países en cuanto a la percepción de corrupción. Es cierto, la corrupción siempre ha existido y probablemente nunca desaparecerá totalmente, pero es posible manejarla y mantenerla en bajos niveles; pero, para lograr esto, como bien apunta mi amigo Carlos Pérez en su columna del fin de semana (Pulso diario de San Luis, 29/VII) se requiere de buenos líderes que se rodeen de colaboradores capaces y efectivos, tal y como fue el caso de la exitosa transición española de 1975 a 78 con el rey Juan Carlos, logrando “reformar desde dentro lo que parecía irreformable” (A. Pérez Reverte, XL Semanal, 23/VII).
No solamente se requiere que nuestros gobernantes tengan los necesarios valores éticos y morales, también se necesita capacidad intelectual para lograr el combate exitoso de la corrupción, violencia e impunidad. La curiosidad nos lleva a preguntar ¿qué tan capaces han sido nuestros presidentes? Desgraciadamente, por motivos obvios, no son públicos los coeficientes intelectuales (CIs) de nuestros presidentes… Pero, no todo está perdido, a través del análisis grafológico se puede tener una buena aproximación al CI de nuestros últimos cinco presidentes y del candidato presidencial perenne, Andrés Manuel López Obrador. A continuación les presento el resultado de los análisis de una de las mejores grafólogas de México, cuyo nombre omito, pero que los que me conocen saben de quién estoy hablando, grafóloga quien frecuentemente nos recuerda: “si no es lógico no es grafológico.”
Antes de pasar revista a nuestros presidentes, conviene aclarar lo que significa el coeficiente intelectual. El CI es un parámetro que sirve para informar sobre el nivel de inteligencia de las personas. De acuerdo con el CEDAT (Centro de Atención al Talento), México tiene en promedio 87 puntos, por debajo del promedio mundial de 100, mientras que China resulta ser el país con gente más inteligente con una puntuación de 107.
Empecemos con Carlos Salinas quien alcanzó el más alto coeficiente intelectual de 148 puntos; del lado positivo, Salinas es una persona meticulosa, eficiente, productiva, con buena disposición al servicio público, alto liderazgo y mediana creatividad. Del lado negativo, el expresidente sufre de un fuerte complejo de inferioridad, es vengativo e inflexible (no perdona), prefiere su bienestar personal al social y miente cuando así juzga conveniente.
Ernesto Zedillo también es brillante con un CI de 139, manifestando del lado positivo ser una persona efectiva (trabajando diez horas y generando resultados de siete horas), preparada (manteniéndose al corriente de la literatura académica), con mediana actitud al servicio público (es introvertido y no se siente cómodo con la gente), de mediano liderazgo y baja creatividad (más que creador de ideas es repetidor de las buenas ideas). Del lado negativo, se puede destacar su intolerancia, siendo una persona pasiva-agresiva con poco carisma.
Vicente Fox tiene un coeficiente intelectual de 132 puntos, siendo intuitivo, de mediana efectividad (que compensa sus carencias con buenos asesores y colaboradores), tiene la suficiente confianza de delegar decisiones, con buena actitud de servidor público (es extrovertido natural), con dotes de líder y alta creatividad (sobre todo es rápido en sus respuestas y en el manejo del lenguaje). Del lado negativo, tiene una preparación limitada, puede ser muy terco, costando trabajo hacerlo entrar en razón, a veces prefiere caerle bien a las personas diciéndoles lo que quieren escuchar, más que decirles lo difícil aun cuando sea lo correcto.
Felipe Calderón tiene un CI de 136, siendo una persona directa, efectiva (trabajando ocho horas y dando resultados como de seis horas), preparada, racional, con mediana actitud de servidor público, de mediano liderazgo y creatividad. Sus aspectos negativos son su intransigencia (es muy duro), le cuesta trabajo cambiar de idea y tiene una personalidad adictiva.
Nuestro actual Presidente, Enrique Peña Nieto, tiene un coeficiente de 119 puntos siendo, del lado positivo, perceptivo e intuitivo, de mediana efectividad (generando resultados de cinco horas para las siete que trabaja), de baja preparación (lo cual compensa delegando decisiones y responsabilidades en sus principales colaboradores), con mediana actitud de servicio público (habla bien diciendo lo que intuye la gente quiere, pero su forma y comportamiento lo alejan del pueblo). Del lado negativo, EPN carece de iniciativa y creatividad, su baja preparación lo debilita para tomar las decisiones difíciles pero necesarias, es resentido y difícilmente perdona los agravios reales o imaginarios.
Finalmente nuestro candidato presidencial eterno, Andrés Manuel López Obrador, quien a pesar de tener el coeficiente intelectual más bajo de 113 sigue siendo uno de los personajes con más carisma y aceptación popular. Del lado positivo, AMLO es un político intuitivo de gran creatividad, es relativamente efectivo (generando resultados para cuatro horas en una jornada de ocho horas), con mediana actitud de servicio público (habla con el lenguaje de la gente, dice lo que la gente quiere escuchar), tiene una sensibilidad casi femenina (se maneja con el apellido de su madre Obrador), se autodenomina defensor de los más pobres y de los ancianos. AMLO es inseguro, fácilmente se siente amenazado por aquellos que considera mejores que él, se autocalifica como víctima cada vez que alguien le señala un error, abuso, corruptela o cualquier mala conducta, prefiere alejarse de aquellos que difieren de sus decisiones o posturas, es una persona obcecada (cuando se le mete una idea en la cabeza, es difícil que cambie de parecer), puede ser muy autoritario, empujando que se haga su voluntad cueste lo que cueste, piensa que una idea es complicada cuando no la entiende, sospechando que es un truco de sus enemigos para hacerlo quedar mal o arrebatarle su autonomía de decisión, prefiere la mentira siempre y cuando ésta suene mejor que la verdad.
La pregunta que todos nos hacemos es ¿quién va a ser el próximo presidente?, ¿tendrá un alta capacidad intelectual o una baja?, ¿vendrá de los partidos tradicionales o será un independiente?,… Históricamente los líderes de bajo CI han preferido la demagogia al buen gobierno y, claro, no necesariamente los presidentes más capaces y preparados han sido los más honestos.
Hoy en día, la luz que brilla al final del túnel es que el próximo presidente pueda ser un candidato independiente que reúna lo necesario para alejarnos del círculo vicioso de la corrupción-violencia- impunidad-mal gobierno… Pero, los partidos políticos, en especial el PRI, ya están tratando de restringir las oportunidades de los independientes para llegar al poder, empujando al INE a censurar el uso de las redes sociales como medio de comunicación y difusión política, coartando al único medio disponible para que los independientes puedan llegar e informar a la gente fuera de los medios de comunicación ya establecidos y capturados por los contratos millonarios de los partidos.
Imagínense queridos lectores, sin redes sociales el bronco no sería gobernador independiente de Nuevo León, Pedro Kumamoto no sería diputado independiente de Jalisco, Enrique Alfaro no hubiera podido romper con el bipartidismo de Jalisco y constituirse como el alcalde de la segunda ciudad más importante del país, los diputados ciudadanos no podrían informarnos sobre los abusos, ineficiencias, malas decisiones y corruptelas de los partidos tradicionales.
Hay que presionar y luchar porque el INE no cierre la redes sociales como medio de comunicación y debate político libre e independiente, pues esto evitaría que en el 2018 los mexicanos tuviéramos la oportunidad de (1) tener un presidente independiente sin compromisos con la partidocracia y (2) ser gobernados un poco mejor de lo que nos merecemos.
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sábado, julio 29, 2017
sábado, noviembre 01, 2014
Endeudamiento acecha a México
México ha sufrido mucho en su historia por el
endeudamiento excesivo. A partir de los 70 empezamos un periodo de
bajos niveles de deuda y buenas perspectivas de crecimiento. Sin embargo, en
los 80, el gobierno de López Portillo nos llevó a altísimos niveles de
deuda superiores al 90% del PIB. Tardamos más de una década en superar la crisis
del sobreendeudamiento externo hasta llegar nuevamente a niveles aceptables.
Los gobiernos de Zedillo y Fox se manejaron con niveles prudentes de
endeudamiento. Sin embargo, a partir del 2007, empezamos una vez más a transitar
el camino tortuoso del sobreendeudamiento, y en el 2013 el endeudamiento se aceleró vertiginosamente. De seguir esta tendencia seguramente vamos a
tener que enfrentar otra crisis de deuda externa en algunos cuantos años
más.
A pesar de que la historia nos informa de los riesgos de tomar el camino
del sobreendeudamiento, parece ser que nuestros gobernantes se empeñan en repetir
los errores del pasado. La deuda bruta aumentó 40.3% del 2006 al 2013, en otras
palabras pasó del 37.8% del PIB en el 2006 al 46.5% en el 2013.
Claro, hay que mencionar que una relación de deuda a PIB del 40% suena
horrible, pero en realidad no es tan preocupante cuando se consideran los
niveles de otros países. El problema no es el pedir prestado, sino como se usan
los ingresos del préstamo. Endeudarse es parte de la vida económica normal de
los individuos y las naciones. Pero, si pedimos prestado para financiar nuestro
consumo, el día de mañana no tendremos ingresos suficientes para mantener ese
nivel de consumo y cubrir el costo de la deuda pasada. Asimismo, cuando los
países piden prestado para financiar sus gastos corrientes, el día de mañana se
acercarán a una crisis de no pago. Eso es lo que nos está sucediendo hoy en
día. En los proyectos de ingresos fiscales y en el presupuesto del gasto para
el 2015 se nota una reducción relativa de la inversión productiva y un aumento en
el gasto destinado a la operación del gobierno.
El otro problema que estamos viendo es la rapidez en que está creciendo
el endeudamiento externo. En el 2013 creció 14.2% y la tendencia es que siga
creciendo a tasas muy superiores a las del crecimiento económico y de los
ingresos fiscales.
La economía mexicana no ha crecido más del 2% al año mientras que el
adeudo del gobierno federal aumentó 21% en lo que va de la presente
administración. Se están agregando 1,430 millones de pesos al día al saldo del
endeudamiento desde que inició el gobierno de EPN. Ese monto equivale al
presupuesto anual de la Comisión Nacional de Derechos Humanos o la mitad de lo
que requiere la Oficina de la Presidencia.
El incremento en la deuda de esta administración es de más del doble al registrado en el mismo periodo de 21 meses al inicio del gobierno de Felipe
Calderón. Al cierre del 2012 la deuda del gobierno representó 37.8% del PIB,
aumentando al 48. 1% al cierre del segundo trimestre de 2014.
Estos aumentos se explican por la pretensión del gobierno de cubrir el boquete fiscal causado por la caída en los precios del petróleo con más deuda.
Claro, es más fácil pedir prestado que reducir el gasto corriente. Al fin de
cuentas son las generaciones futuras las que van a tener que pagar la deuda. La
dificultad está en que cubrir los faltantes fiscales con más deuda es peligroso,
no es más que una bomba de tiempo que pone en peligro la estabilidad
macroeconómica del país. Endeudarse para financiar el gasto corriente es un
riesgo gravísimo para las finanzas públicas y las perspectivas de crecimiento.
Financiar el consumo con préstamos se basa en una expectativa positiva
del mañana: “mañana ganaré más y pagaré mis deudas.” El problema es que muchas
de esas expectativas optimistas generalmente no suceden. Hoy en día estamos
viviendo momentos de altas expectativas pero de pobres resultados, hecho que
debe sugerirle a nuestros gobernantes que las expectativas de un futuro mejor a
la mejor no se realizarán.
El mundo está atravesando una realidad de precios débiles del petróleo y
de cambios en la filosofía de la Reserva Federal de Estados Unidos. Estos
factores pueden llevarnos a menores ingresos por las exportaciones de petróleo,
y al encarecimiento del costo del dinero. El único camino razonable de política
pública es apretarse los cinturones, reduciendo los gastos corrientes y evitando
caer en la tentación de seguir cubriendo los faltantes fiscales con mayor
endeudamiento.
Es peligroso pensar
que para evitar el sacrificio del presente hay que empeñar el bienestar del
mañana.
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